A poco más de tres semanas de que inicie el segundo año de la LXIII Legislatura del Congreso de la Unión, empieza a trascender que en el periodo ordinario de sesiones que abre el primero de septiembre PAN y PRD tienen acordado impulsar la segunda vuelta en la elección presidencial a partir de los comicios de 2018.
Es un hecho que habrá reforma electoral antes de que termine el año, y parte medular del debate partidista será precisamente la segunda vuelta, según se dice en diversos medios de Ciudad de México. De acuerdo con estas versiones, panistas y perredistas harían frente común para sacar adelante la iniciativa que, de concretarse, seria la señal inequívoca de que azules y amarillos terminarían haciendo alianza en el 18.
En una elección a tercios, en la que ninguno de los candidatos presidenciales más visibles obtendría más del 30 por ciento de la votación, se calcula que esos dos partidos serían los directamente beneficiados con la segunda vuelta.
Sobre el tema, los priistas han dicho que no pasará. El año pasado, primero cuando todavía era dirigente nacional del tricolor, y luego ya como coordinador parlamentario de este partido en San Lázaro, Cesar Camacho Quiroz aseveró tajante que para ellos la segunda vuelta es un “camino intransitable”. Ha dicho el mexiquense que para ellos no es tema negociable.
Si bien públicamente no ha habido un cambio de señal, algunos columnistas aseguran que para los priistas los tiempos son otros y que se cayeron de su nube; que por sus temores cederán y que, aunque divididos, terminarán por sumarse a la pretensión de PAN y PRD.
La razón que se esgrime es que una reforma electoral puesta de esa manera tendría un destinatario: Andrés Manuel Lopez Obrador, pues en este caso, el cálculo que se hace es que seria “la única forma de asegurar” que el líder de Morena no gane la presidencial del 18.
De ser así, aquí entraría el factor más delicado en caso de que efectivamente se introduzca la segunda vuelta como prioridad de la reforma electoral que se discutirá y aprobará. Los diputados de Morena, sin duda, darán la batalla parlamentaria contra dicha pretensión y afuera, en las calles, que a nadie le quepa duda que Lopez Obrador intentará armar un movimiento de presión suficiente para evitar la consumación de la jugada que pretende cerrarle sus opciones.
Seguro que para AMLO el intento de aprobar la segunda vuelta en la elección presidencial, seria algo así como la reedición del desafuero; un nuevo “complot de la mafia del poder” para conculcar sus aspiraciones.
Puestos los escenarios, las preguntas que surgen en torno al tema de la segunda vuelta son dos inmediatas: ¿Se atreverán PRI, PAN y PRD a reeditar aquellos tiempos? ¿Le convienen a Peña Nieto y al PRI meterle otro factor de descomposición e inestabilidad política al país?
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