Desalentador y preocupante resulta ver cómo los funcionarios de los gobiernos, federal y de los estados, legisladores, dirigentes partidistas, precandidatos presidenciales y organismos de derechos humanos del país no han podido articular una línea discursiva y un frente común contra la crisis que se avecina en caso de que el próximo 8 de noviembre el empresario Donald Trump gane en los comicios estadounidenses por la Casa Blanca.
O no han entendido, o simplemente les vale una almendra (que no es de descartase), pero el caso es que a escasos tres meses de la histórica elección en el vecino país del norte, no aparece por ningún lado la convocatoria de la que pudiera surgir una política de Estado para hacer frente al eventual triunfo de Trump y todo lo que obligaría a cambiar en la relación económica, comercial y política entre ambas naciones.
Podrán alegar que se les queman las neuronas tratando de discernir (es un decir) sobre el significado de las movilizaciones de la CNTE, pero sería mejor que les empezara a caer el veinte a todos sobre que hoy el verdadero peligro para la estabilidad del país lo tenemos del otro lado de la frontera, en una intensa y efectiva campaña de odio hacia lo mexicano.
No se trata sólo de que el presidente Enrique Peña Nieto o la canciller Claudia Ruiz Massieu salgan a decir que buscarán un diálogo respetuoso con Hillary Clinton (desde ayer ya oficialmente candidata del Partido Demócrata) y el ya mencionado Trump. De lo que se trata es de que como país se mande un mensaje claro a los estadounidenses de la importancia de mantener viva la relación bilateral, fortalecerla y llevarla por el camino del reconocimiento de la trascendencia que para las economías de las dos naciones tienen los millones de trabajadores migrantes.
De lo que se trataría con una convocatoria a la unidad nacional en este tema, es de convencer a los estadounidenses de que, reconocidas nuestras diferencias, no somos enemigos sino vecinos; que la sociedad comercial establecida en el TLCAN puede y debe revisarse, pero no para cerrarla, disminuirla o boicotearla, sino para alentar el crecimiento regional; que la lucha contra el tráfico de drogas, la inseguridad y el terrorismo, no se fortalecerá con la construcción de muros y el aislamiento, sino con la cooperación y el entendimiento.
Y no, no se trata de convencer a Trump, sino de influir en el ánimo de los estadounidenses que saldrán a votar el 8 de noviembre.
Sería deseable que esa convocatoria, a la que sin duda nos sumaríamos la mayoría de los mexicanos, saliera del grupo que hoy gobierna en el país y encontrara eco en los gobernadores, alcaldes, los poderes Legislativo y Judicial, organismos de derechos humanos, precandidatos presidenciales y organizaciones empresariales.
Sería encomiable ver a gobernantes, legisladores y políticos mexicanos en una gesta de esa magnitud y trascendencia.
Seria alentador. De poder, se puede; la pregunta es: ¿Quieren? ¿Entienden lo que está en riesgo?
¿Dispersión mezquina o convocatoria a la unidad nacional?
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