ESTADOS UNIDOS TIENE GRIPE
Las inminentes elecciones presidenciales en Estados Unidos también se pintan de colores en función de las decisiones de los partidos Demócratas y Republicano para elegir a sus candidatos.
El partido Republicano, representado por la derecha conservadora y quizá más fundamentalista del espectro estadunidense, se decidió por favorecer a Donald Trump como el favorito a llegar a la Casa Blanca. El partido en el poder actualmente, el Demócrata, representado por el liberalismo (en el espectro político de los norteamericanos, son el ala izquierda), votó a favor de Hillary Clinton como candidata, la primera mujer en ser propuesta para llegar a gobernar los Estados Unidos.
Independientemente de quién gane las elecciones mediante su extraña democracia representativa y porcentual, lo importante es reflexionar en lo que podría pasar, por lo menos a nivel de discurso, si llegan uno u otra.
Siempre las elecciones presidenciales de nuestro país vecino nos han obligado a contener un poco o un mucho la respiración política. Recordemos, por ejemplo cómo, en pleno salinato, el equipo del gobierno mexicano ya había negociado todo lo necesario para poner en práctica el Tratado de Libre Comercio con George Bush padre, en ese momento presidente de los Estados Unidos; pero ellos estaban en campaña electoral y el grupo político mexicano apostó a la reelección de Bush, menospreciando a Bill Clinton, quien como parte de su discurso se decía contrario a muchas cláusulas del TLC de Norteamérica.
Sabemos la historia: Ganó Clinton las elecciones en noviembre de 1992, tomó el poder en 1993 y el gobierno mexicano tuvo que renegociar un TLC ya casi amarrado para que entrara en vigor el 1 de enero de 1994.
Es decir, siempre perdemos un poco o un mucho con la entrada de los presidentes de Estados Unidos.
Ahora nos enfrentamos al discurso fundamentalista de Donald Trump, quien se ha dedicado a expresar su desprecio por los migrantes, tanto musulmanes como latinos y tercermundistas en general, alentando a la clase más pobre de los Estados Unidos a sacer su resentimiento y su xenofobia, convirtiéndolo en proyecto y proyectil político. De allí, el muro que pretende construir (o que construyamos nosotros), como nueva Muralla China, para aislarse y poder tener una pureza racial.
Por su parte, Hillary Clinton, la esposa del ex presidente Bill Clinton (20 de enero de 1993 a 20 de enero de 2001) representa la mano extendida, el discurso suavizante, integrador pero desde el poderío económico de Wall Street.
Es cierto que Hillary ha sido mesurada y hasta protectora en sus discursos sobre su política sobre migración, para servir de contrapeso a los decires de Trump; pero es su visión internacionalista lo que puede ser cuestionada.
Se declara amiga de Europa, quien está en medio de una crisis social y económica provocada, precisamente por la migración musulmana, con su terrorismo implícito (allí están los atentados en Francia) pero también declara, por lo menos en los hechos, enemiga de Rusia y de China, los otros gobiernos poderosos del mundo.
La visión política internacional de Hillary Clinton está en función de los dictados y decisiones de la OCDE, del FMI y del BM. Ante el crecimiento industrial y, por ende, económico de China y su alianza con Rusia, la otrora enemiga ideológica de los Estados Unidos, durante los 45 años que duró la Guerra Fría, Estados Unidos cierra fronteras con alianzas económicas, que tensan la situación mundial.
Los Clinton, tanto Bill como Hilary, desde la caída del bloque soviético, han apoyado, por ejemplo, a los chechenios en su lucha por la independencia de la URSS primero, de Rusia ahora. El motivo: petróleo.
Este apoyo ha provocado roces con Vladimir Putin, el actual dictador de Rusia. Consecuencias, las alianzas. Rusia apoya a los palestinos mientras que Hillary Clinton apoya a los judíos; Rusia apoya a los gobiernos fundamentalistas del bloque del Estado Islámico mientras que Hillary negocia, como ministra del gobierno de Barack Obama, con Egipto y Turquía. Rusia apoya a Venezuela; Estados Unidos, le hace boicot comercial. Las guerras civiles y golpes de estado en Libia, Siria u Honduras, fueron manufactura de Hillary Clinton.
La periodista y analista Diana Johnstone, una de las comentaristas de la política europea y estadounidense más reputadas, establece en su libro La reina del caos, que Hillary podría desatar la tercera guerra mundial, pues busca, igual que Donald Trump, la superioridad y el poderío estadunidense. Trump, por medio de la xenofobia racista y racial. Clinton, por medio del poder económico.
De una u otra manera, Estados Unidos tiene un ataque de gripe electoral pues los estertores y las fiebres mesiánicas están a flor en piel en el electorado norteamericano. El problema es que si EEUU tiene gripe, a México siempre, invariablemente, nos da pulmonía.







