Desaliento.
Las acontecimientos suceden a un ritmo y un acumulado de impactos negativos para el país, que no dejan lugar a las dudas: la situación, más que mejorar, tiende a empeorar y no se ven por ningún lado señales que indiquen un cambio en el camino ni mucho menos acciones que nos permitan un más alentador pronóstico.
La violencia provocada por la delincuencia organizada sigue siendo un grave problema en el país; el número de homicidios dolosos presenta incrementos alarmantes en algunas entidades; la inseguridad en las calles es la gran preocupación de la mayoría de los mexicanos; el abatimiento de los niveles de desempleo y pobreza no existe salvo en el discurso de los funcionarios, y la estrepitosa caída del mercado interno y la falta de oportunidades en el escalafón social provoca irritación, malestar y decepción que podrían incubar situaciones de confrontación y polarización que podrían crispar aún más el ambiente nacional.
El “mal humor” que reconoció el presidente Enrique Peña Nieto es un solo un eufemismo que no ha servido sino para exacerbar los ánimos y enrarecer y tensar, incluso, el trato y en diálogo entre los actores políticos y las fuerzas económicas que, a dos años de los comicios presidenciales, sostienen una encarnizada lucha por el poder.
Para colmo de los males nacionales, rondan amenazantes sobre algunas regiones del país factores y actores de desestabilización social y política que de no controlarse abrirán otro frente de violencia, en este caso política e ideológica. ¡Lo que nos faltaba!
Y lo peor es que no hay quién, siquiera, haga una convocatoria creíble, sensata y que sume voluntades para ponerle un freno a la situación. Mas bien campea la desconfianza.
No hay partido ni político en México que goce de cabal salud. Esa es la realidad que a algunos cuesta tanto reconocer.
Al corto plazo sólo quedaría esperar que el presidente y quienes lo acompañan en el gobierno se olvidaran de las elecciones del 18 y entendieran que es momento de voltear a las necesidades de las mayorías. Sería lo deseable; que entendieran que es momento de gobernar y de actuar sin cuidar la imagen ni el costo electoral, es lo que se esperaría, que a final de cuentas para eso fue electo Peña: para gobernar, no para cuidar los intereses de su grupo político.
En fin. Parece mucho pedir y esperar a poco más de dos años de que finalice el sexenio.
¿Qué sigue, entonces? ¡Que no sea más violencia, por lo menos! Ojalá.
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