“Es imperativo ser autocríticos y vernos en el espejo”, aseguró el presidente en pleno lanzamiento del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA). Acto seguido, para estar a la altura de lo que exigía el libreto, afirmó: “en carne propia sentí la irritación de los mexicanos. La entiendo perfectamente; por eso, con toda humildad, les pido perdón”.
Cuando explotó el tema de la –a estas alturas legendaria– casa blanca en el país los conflictos de intereses del presidente y su esposa se hicieron inocultables. La crisis que ese tema generó en su gobierno derivó eun una sola conclusión: el presidente, haciendo gala de una incapacidad fabulosa, ni siquiera podía argumentar un mínimo cumplimiento de su propio programa. Como en el tenis, los errores no forzados –sus propios errores– daban material de sobra.
Sucede que a nadie se le habría ocurrido pedir a Peña Nieto que democratizara el país. Nadie le exigiría jamás que resolviera las injusticias sociales, que mejorara las paupérrimas condiciones de indígenas y campesinos o que aumentara la calidad de la educación. Sencillamente esos temas no están en su ADN. La visión (y misión) de su gobierno era –es– otra: convertir a México, o al menos a la parte de México que a ellos les importa, en un país moderno, que se integre sin complejos en el concierto político, y sobre todo económico, dominante a nivel internacional. Para eso son las reformas estructurales, al fin y al cabo.
Pero en el mundo moderno, en donde miles de ojos vigilan y en donde se hace escarnio público del más mínimo desliz que comprometa a los poderosos, había que resguarsarse las espaldas. Por dignidad, pero también por sostener con el ejemplo cualquier cambio de gran calado que emprendiera el presidente. Y eso fue, precisamente, lo que Peña Nieto no hizo.
Ahora ya es tarde. Loret de Mola escribió el pasado julio: “Peña Nieto ha demostrado de casi todas las maneras posibles que no le interesa combatir la corrupción”. El escritor Fernando del Paso fue más allá: “Si una persona considera que debe disculparse, significa que se considera culpable”. Ese es el problema de hoy con Peña Nieto: no le creen. Y eso basta para que, por poner el ejemplo más a la mano, un grupo como la CNTE diga: no aceptaremos que nos acusen de corruptos mientras ellos ocultan sus propias corruptelas.
En estricto rigor, en ese punto específico, y aunque duela decirlo por venir de quien viene, la CNTE tiene razón. Y así en varios otros temas.
Es la paradoja del México actual: Peña Nieto, el gran reformador que insertaría al país en la modernidad globalizada, es hoy el principal lastre para que el país se inserte en el moderno mundo transparente y globalizado.
P.D. Queda en el aire un último punto: Angélica Rivera, en su momento una suerte de criolla Lady Macbeth sin la sofisticación del personaje original porque es Televisa y no Shakespeare quien le construye el guión, es la que más pierde. “La residencia es de mi propiedad y que fue pagada luego de trabajar 25 años como actriz en Televisa”, aseguró en noviembre de 2014. Pero ahora el Presidente pide perdón. ¿Y por qué tendría que pedir perdón si la casa le fue pagada a su esposa tras arduos 25 años de trabajo? Pobre Gaviota. Pobre familia presidencial. Y pobre México.







