Lejana ya la posibilidad de imponerse de manera independiente en la presidencial del 2018, la lógica indica que el PRD deberá buscar alianzas y así lo anunció su nueva líder, Alejandra Barrales. Con una dosis de realismo político necesaria en estos casos, la entrante dirigente ya dio pistas de que esa será su prioridad inmediata. Ahora hay que ver hacia dónde apuntará el PRD tras el arribo de Barrales.

Los “candidatos” naturales a una alianza común son, en este momento, Acción Nacional y Morena, puesto que la propia Barrales ya descartó de plano una alianza con el PRI.

El dilema divide a los cuadros del sol azteca. Para muchos, entre ellos el propio Silvano Aureoles, lo razonable y deseable sería pactar con un partido con el cual se tienen afinidad ideológica (Morena), y no con el enemigo natural (Acción Nacional). Afirman, con justa razón, que sería un contrasentido político aliarse con quienes representan la antítesis en la manera de concebir al país, al ser humano y al universo completo.

Tienen razón, como también la tienen quienes se muestran más abiertos a un posible nexo con el albiazul. Al fin y al cabo es política, se valen las divergencias y nadie debiera tener problema con eso.

Pero sucede que en la política –ya lo dijo Hegel a fines del siglo XIX– la razón a veces consiste en buscar las posibilidades de reconciliar la autonomía individual con los intereses de la comunidad. Y esa es la realidad actual del PRD, ni más ni menos. Se trata, finalmente, de un interés común mayor: desterrar al PRI.

La historia reciente –y el PRD es un partido relativamente reciente– muestra que en ocasiones específicas las alianzas con el PAN han dado buenos frutos. Esas alianzas se han conformado siempre bajo el objetivo de derrotar al tricolor; en ocasiones lo han logrado.

El PAN y el PRD se unieron por primera vez en 1991, cuando en el estado de San Luis Potosí presentaron una candidatura conjunta al gobierno de esa entidad. También en las elecciones de Tamaulipas en 1992, Nayarit y Coahuila en 1999, Chiapas en 2000, Yucatán en 2001 y, bajo el lema de “Todos Somos”, en Oaxaca, Chihuahua y Colima en el año 2004. El pacto triunfó en Nayarit (1999), Chiapas (2000) y Yucatán (2001).

Si se mira esa historia reciente resulta que una posible alianza presidencial con el PAN, hoy, no sería nada nuevo bajo el sol.

La política, según su definición aristotélica, es una actividad orientada a la toma de decisiones de ciertos grupos para lograr sus objetivos. En otras palabras: pragmatismo. Tomando eso en cuenta hoy la ecuación es simple: el PRD tiene en este momento la posibilidad de establecer una alianza según su propia conveniencia electoral, ideológica o política, y debiera hacerlo. No hacerlo sería un suicidio político, porque ya no están los tiempos para la inmolación por las causas inmaculadas que caracterizó a la política de la primera mitad del siglo XX. La guerra fría se acabó, y una dosis de realidad no le viene mal a nadie.

Si quiere asegurar su sana sobrevivencia, que el PRD debe aliarse. Con Morena o con el PAN: lo importante es que lo haga. Nadie debiera temer a ninguna de las dos perspectivas. No se trataría de ninguna traición a los principios, sino sólo de simple y llano realismo político.

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