Un vuelco absoluto tuvo el caso de las dos jovencitas de Pátzcuaro asesinadas brutalmente en mayo de este año en la presa de Cointzio. En horas recientes, un juez decretó la libertad del hasta ahora único presunto responsable.
Si se analizan las razones entregadas por el juez, dos circunstancias graves saltan a la vista. Una: “en ningún momento existieron indicios razonables que hicieran suponer la probabilidad de que el imputado cometió el delito”; en otras palabras, que durante más de un mes la Procuraduría mantuvo en la cárcel a un inocente.
Dos, que “no se acreditaron las circunstancias de tiempo, lugar y modo de ejecución del delito”.
En otras palabras: que la Procuraduría no hizo su trabajo. O lo hizo mal, que es lo mismo.
Fuera de este caso específico, resulta delicado observar que hasta ahora el intento general de mejoramiento de la justicia, bajo la forma del Nuevo Sistema de Justicia Penal, no resuelve el problema de origen, la endémica limitación de cualquier intento de hacer justicia en México: las carencias estructurales en la formación de los distintos elementos y estamentos policiacos en Michoacán.
Nos consta que hay un intento serio por mejorar la calificación y la formación técnica de todos los implicados en el aparato de justicia. Nos consta, también, que el propio secretario de Seguridad Pública, José Antonio Bernal Bustamante, ordenó la elaboración de un manual, hasta ahora inexistente, que indique a los elementos cómo deben actuar en distintas circunstancias relacionadas con su labor. Pero todo eso lleva tiempo, y mientras esos avances terminan de cuajar la impartición de verdadera justicia sigue en el limbo.
Como sea: resulta que tras la liberación, la PGJE se quedó sin sospechoso y deberá, otra vez, comenzar de cero. Y mientras, ¿quién asegura que los errores cometidos en primer caso no se repitan?
La liberación de hoy supone un rotundo revés para la PGJE, que nuevamente demuestra que sus protocolos investigativos son cualquier cosa menos confiables; y, aún peor, supone un serio revés para Michoacán: en estricto rigor, sin exageración, sin amarillismo, un brutal asesino anda suelto en el estado.







