Las campañas presidenciales, por lo menos en el México moderno y post revolucionario, siempre han sido sucias, discutibles y amañadas. Pero hubo una época en que por lo menos lo que sobresalía era la propuesta política, aunque pervertida en promesas electorales que sabíamos era una mentira para obtener el favor del electorado.

A principios de los 90, cuando la campaña presidencial entre Luis Donaldo Colosio (luego sustituido por Ernesto Zedillo Ponce de León), por el PRI, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, por el PRD, y Diego Fernández de Ceballos, por el PAN, el proceso de campaña electoral cambió drásticamente: pasamos de la estrategia política para convencer, a la mercadotecnia política. Y todo se fregó.

Vimos a un Colosio que, cuando diputado federal, usaba un peinado a la afro, de pronto traía el cabello corto y hasta peinado; vimos a un Cuauhtémoc Cárdenas que de la noche a la mañana sonría en las fotos de prensa y en los eventos. Vimos a un Jefe Diego que de usar una barba luenga, como caballero cruzado que siempre ha sido, se la recortó por una barba que hoy sería catalogada de hípster.

Todos los candidatos cambiaron su imagen física para tratar de “enamorar” al electorado. Detrás de este cambio político estuvo un nombre: Víctor Gordoa Gil, quien de ser comentarista de televisión pasó a consultor de Imagen Pública y es el inventor del marketing político.

La contradicción que a esto nos llevó es que se acabaron las propuestas con contenido para pasar al manejo mediático de la imagen y presencia. Es más importante el cómo se ven en los medios, especialmente la televisión, que lo que dicen. Se cuidan las corbatas, los cortes de los trajes, las combinaciones de colores, los gestos y ademanes…, y de descuida el decir. Incluso, los grandes oradores, como José López Portillo o el propio Carlos Salinas de Gortari desaparecieron de la escena política. Ya no tienen palestra válida.

Un sexenio después se vino a joder todo más, gracias al lenguaraz de Vicente Fox, quien no era capaz de decir nada de cara a la nación sin que al día siguiente su vocero presidencial, Rubén Aguilar Valenzuela, iniciara la rueda de prensa correspondiente con la frase “Lo que el presidente Fox quiso decir fue…”.

En este juego mediático donde eran más importantes las botas del presidente o su papada de guajolote, como lo retrataba Magú en sus cartones de La Jornada, el discurso del miedo se convirtió en oficial. Desde la presidencia se atizaba contra los candidatos que disputaron la presidencia en 2006. Todo contra Andrés Manuel López Obrador, del PRD, todo contra Roberto Madrazo Pintado, del PRI, y todo a favor de Felipe calderón Hinojosa, del blanquiazul.

Atrás quedaban las épocas donde el político tenía que ser un hombre por lo menos disimuladamente culto. El siglo XXI mexicano se ha caracterizado por ir de mal en peor. Cerramos el año 2000 con la salida de Los Pinos del PRI, después de una dictablanda que duró desde 1928, es decir, 72 años ininterrumpidos con una dictadura de partido, peor que la Soviética, la China, la de Cuba o la de Corea del Norte.

Hoy en día, después de 12 años perdidos y de perdición con el PAN al frente y ya iniciada la carrera no oficial por la presidencia, donde nuevamente Andrés Manuel López Obrador, ahora encabezando a MORENA, y Margarita Zavala de Calderón, auto abanderada por el PAN, se postulan.

Solo hay que oír o leer sus discursos, llenos de imagen, de fuerza visual, de encanto, pero carentes de contenido. Y cuando intenta haber este, se cae en la desgracia o en furcio más lamentable.

Si después del PAN tenemos a un Enrique Peña Nieto que no es capaz de mencionar tres libros, que no sabe distinguir entre ciudades y estados, que no sabe hablar inglés y que nunca está a la altura de las circunstancias nacionales, sumado a sus fraudes y a la corrupción de sus colaboradores, pero que eso sí, es lucidor su copete engomado y la muchedumbre lo recibe al grito de “Peña bombón, te quiero en mi colchón”, su sucesor, sea el mismo PRI o del PAN o de MORENA (el PRD ya no brillará en esta próxima contienda) por lo menos debe de saber rebuznar y sonreír a la cámara.

Gran trabajo para los de mercadotecnia política y cuido de la imagen pública y nada de trabajo para los escribanos que hacen los discursos. Total, ellos también cobran como funcionarios y son unas bestias peludas.

Pero esto es solo mi opinión…

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