La historia, su historia, está jugando contra el PRD y sus corrientes. Reacias a superar las desconfianzas que dominan entre ellas y huérfanas del caudillo que hasta el 2012 les dio luz electoral y se algún modo las aglutinaba y fungía como el fiel de la balanza en el reparto de cuotas, no saben que hacer para darle certidumbre a su militancia y pierden valioso tiempo en lo que a organización y planeación se refiere y que tanto necesitan.
Sin acuerdos y atrincheradas cada una en su respectiva posición, fueron incapaces de nombrar este fin de semana al sucesor de Agustín Basave en la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional. La única salida que encontraron fue encargar el despacho a la secretaría general, Beatriz Mojica, durante los próximos 15 días, según ellos en tanto negocian y llegan a un consenso de quién sería la mejor opción para nombrar al interino que encabezará el partido hasta agosto del próximo año.
El agarrón tras bambalinas luce de antología, porque es un hecho -al menos que resulte algo verdaderamente extraordinario en la vida perredista- que quien resulte electo (a) en esta ocasión, se la seguirá hasta el 2018. Es decir, encabezará al partido en la decisión que tomen para la elección presidencial que tendrá lugar dentro de dos años.
¿O alguien en su sano juicio cree que los perredistas tendrán tiempo, ánimo e institucionalidad para meterse a renovar dirigencia en plena efervescencia por la designación del candidato presidencial? ¿En plena discusión -que puede llegar a darse- sobre la conveniencia o no de ir en alianza y con quién?
Seguro que el cálculo de los tiempos por venir y la eventualidad de un escenario así, es lo que tiene atorados, imposibilitados de llegar a un acuerdo a los dirigentes de las corrientes perredistas, que en el enredo mandan pésimas señales a la militancia y al electorado.
Pierden tiempo también, como decíamos, porque en esa guerra intestina y desconfianzas, difícilmente podrán articular una propuesta y un mensaje aglutinador que les permita llegar en mejores condiciones a la antesala de los comicios del 18, ya sea con candidato propio o, como muchos creen es el destino del PRD, en una alianza con el PAN o con Morena.
Si superaran esos escollos, los perredistas podrían cruzar los próximos meses en aguas menos turbulentas y cerrar 2017 con opciones propias, competitivas para la presidencial. El gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, y el jefe de Gobierno de Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, lucen desde ahora como los políticos que mejor podrían enarbolar esa opción.
Pero para ello requieren de una alta dosis de institucionalidad, de unidad, de idea programática y de una línea discursiva perfectamente definida sobre su oferta a la ciudadanía y la propuesta de izquierda que representan.
Si lo logran, no todo está perdido y su papel será más relevante, no solo testimonial como algunos anticipan. Y si no lo siguen desperdiciando, tiempo hay.
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