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¿Diálogo? ¿Cuál diálogo? ¡No hay diálogo! Y por lo que se está escuchando, no se ve por dónde puede abrirse la posible negociación entre el gobierno y la CNTE. No así. No ahora.

Si le quitáramos al conflicto -algo simplemente imposible- todos los matices y actores que se han involucrado y que sólo usan el tema educativo como careta, tendríamos que no hay puntos que se toquen en esta línea de la discordia: el gobierno ha dicho y vuelto a decir que la reforma educativa es innegociable. No se toca. En contraparte, la CNTE tiene en su abrogación la principal de sus demandas.

Al mensaje del presidente Enrique Peña Nieto desde Canadá, de que su reforma es intocable, y a la advertencia de Miguel Ángel Osorio Chong, de que el gobierno ya está “al límite” de la tolerancia a los bloqueos, el magisterio en revuelta contestó con la misma dureza en el tono: reforzará los bloqueos carreteros y las manifestaciones de protesta. En las próximas 72 horas, amenazó, intensificará sus acciones de lucha.

Estableció sus propias condiciones para regresar al diálogo: tiene que ser resolutivo. Y para que sea resolutivo tiene que incluir la abrogación de la reforma educativa. El “diálogo verdadero” con Gobernación implica, si y sólo si, la derogación de la reforma educativa, subrayaron los voceros de la coordinadora.

La posición de la CNTE no tiene nada de novedosa en este sentido. Ha sido la misma desde que se presentó y luego se aprobó la reforma: para sus dirigentes no hay más diálogo que el que pasa por la derogación de las leyes aprobadas. Punto. Y apelaron y retaron al gobierno en función de su capacidad de movilización.

La Federación y los gobiernos estatales de Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Guerrero y Michoacán, donde la coordinadora tiene su mayor peso, quedaron atrapados en esa disyuntiva: diálogo y negociación, pero a cambio de ceder en puntos medulares de la reforma, como son la evaluación y el control de las plazas en el sector.

Para nadie es un secreto, por más que se quiera negar, que la CNTE enfureció aún más cuando se alertó ante una realidad: si pasaba la reforma, perdería el control que durante años ejercieron sus dirigentes sobre áreas claves del sistema educativo en esas entidades, donde hasta el destino de los recursos decidían.

El conflicto, todo, se complicó y adquirió otras dimensiones. La entrada en escena de grupos ajenos a la coordinadora -algunos con raíces guerrilleras, según se ha empezado a documentar- y el respaldo político de Morena a la movilización magisterial, le dieron nuevos aires a la CNTE. Sus posiciones se endurecieron y sus “acciones de lucha” como los bloqueos carreteros que estrangulan la actividad comercial de las ciudades y los estados, se reforzaron y radicalizaron.

Los nueve muertos en el enfrentamiento que sostuvieron con la Policía Federal en Nochixtlán el pasado 19 de junio, dieron al movimiento magisterial otras banderas, las mismas que ondean frente a un gobierno que, la verdad, luce paralizado, atado a un discurso que empieza a perder credibilidad -la que había ganado cuando de la reforma educativa se hablaba- y con muy poco margen de acción.

¿Y el diálogo? ¿Y la negociación? Solo será “verdadera”, según la CNTE, si sobre la mesa ponen la derogación de la reforma.

¿Y luego?

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