CULPAS, DOLORES y SANGRE POR MÉXICO
Gualberto Castro cantó en el Festival OTI de 1975 el tema titulado La Felicidad, que decía: “¿Quién hizo los muros y no construyo los puentes? Me sobran palabras que nadie comprende. ¿Quién tiene la culpa? La gente siempre es la gente. Comienzan de lado y acaban de frente”.
Hoy, después de la jornada sangrienta y violenta en Nochixtlán, el domingo 19 de junio pasado, la pregunta es la misma: ¿Quién tiene la culpa..?
¿Los maestros que salen a protestar en lugar de demostrar su valía en un salón de clases o superándose profesionalmente? ¿O el Estado, quien haciendo alarde de fuerza armada, por mucho que los medios de comunicación sigan informando que los policías no estaban armados, arremete con todo contra civiles desarmados?
El totalitarismo de dos grupos, uno con todo el poder, el Estado, y el otro, con toda la intransigencia, los maestros, están enfrentados en una lucha sin cuartel, donde, como David y Goliat, el final es tristemente sabido. Y el ring ha pasado de la ciudad de México a las calles de Michoacán, a las plazas de Chiapas para culminar en los pueblos de Oaxaca, especialmente este domingo, en Nochixtlán, en la región mixteca de este estado.
Más allá del saldo rojo, oficial, seis muertos por parte de los maestros rijosos y un policía, amén de un alto número de heridos, es sangre con la que el gobierno mexicano, comandado por el tripartismo del PRI, del PAN y del PRD, está regando la tierra.
No es la primera vez que esto sucede. Es la triste realidad cotidiana de todos los sexenios del México moderno. Cuando no son los médicos, son los ferrocarrileros, los estudiantes, la oposición, los campesinos, los indígenas o ahora los maestros.
México se está derrumbando. México es ejemplo perfecto para demostrar el totalitarismo y el autoritarismo de una élite de gobierno que funciona desde el desinterés, la corrupción y la propia agenda.
Y tan egoístas, por decir lo menos y en los mejores términos, son los gobernantes de este país, que se han dedicado a viralizar, a dividir y a descomponer el tejido social para victimizar a unos, criminalizar a otros y asustar a todos. Y el pueblo, ignorante, ha mordido el anzuelo.
Por eso, como se lee en las redes sociales, “no se trata ya de simpatizar o no con los maestros, sino reconocer la violencia de Estado y la crisis de derechos humanos en el país”.
Un país que utiliza las armas para atacarse a sí mismo; un gobierno que impone la ley marcial contra sus manifestantes, tengan estos o no la razón; un pueblo que prefiere la ignorancia a la ignominia, es un pueblo condenado a repetir sus errores y a sacer lo peor de sí mismo.
Hace más de una centuria, Porfirio Díaz, el villano de la Revolución, mandaba un telegrama donde la violencia y la estultucia se hicieron evidentes. “Mátalos en caliente”, y el ejército lo mismo acabó con los obreros en Veracruz, como luego con los mineros en Sonora o los indígenas mayas o con la prensa disidente.
Un gobierno que reprime es un gobierno que compra. Un gobierno que aplasta es un gobierno que traiciona a su pueblo. Un gobierno que miente es un gobierno intolerante. Un gobierno que oculta es un gobierno débil. Un gobierno que enfrente al pueblo con el pueblo y lo utiliza para sus fines más ruines, es un gobierno que debe de caer. Un gobierno como el que tiene México hoy en día, en los tres niveles de gobierno, debe de ser expulsado por el pueblo, sin violencia pero con contundencia.
México vive una dictadura política tan o más cruenta que la de Juárez, que la de Díaz o que el Maximato.
Ya no es la reforma educativa el tema central. O la energética o la fiscal o la económica. Es la hora de México y sus derechos. Es el tiempo de nosotros. Después de lo Nochixtlán, Oaxaca, ya no importa si se es o no maestro, abogado, obrero, campesino, trabajador,
funcionario, periodista o estudiante, de derecha o de izquierda. No debemos permitir la violencia como lenguaje. No debemos de oprimir al pueblo con el pueblo. Nunca más, pobres con uniforme golpeando a pobres con hambre y sed de justicia para defender a ricos sin uniforme y sin hambre.
Hace ocho días, en este espacio, hacíamos un duelo por México. Hoy es dolor. Duele Oaxaca como duele cada golpe dado, como cada silencio cómplice, como cada impuesto robado, como cada periodista asesinado, como cada niño en el narco, como todos los jovencitos que solo entienden desde el crimen organizado y su música.
Lo del domingo en Oaxaca y el silencio y la represión del Estado no debe de suceder jamás. Ya tenemos demasiada sangre derramada en las manos. Donde nadie es culpable es que todos somos culpables. Despierta, México. Fuego no combate fuego. Mediocridad no se combate con consignas desgastadas. La intolerancia solo genera más intolerancia. Estamos a punto de despertar al México bárbaro, al México de los Atilas, al México de la violencia… ¿O será que ya lo despertamos y es demasiado tarde y solo nos queda ver cómo arden las barricadas y el país se hunde en sus propias cenizas?
Pero esto es solo mi opinión…







