Morelia, Michoacán/Por: Asaid Castro/ACG
En los accesos al recinto, el andar de la gente marcaba un ritmo pausado: algunos con bastones en mano, pasos lentos y familias acompañando a sus adultos mayores; otros llegando en pareja y también varios jovenes que ocuparon el espacio. La respuesta llenó, en su mayoría, la sala con un público maduro y atento ante el apagón gradual de las luces.
Sobre el escenario, una escenografía sobria le dejó todo el peso a las actuaciones. Ofelia Medina, de chaleco gris y rojo, encaró a Isaura Espinoza, envuelta en un cárdigan ocre. La historia sigue el encuentro fortuito de dos vecinas opuestas que, entre pérdidas y aislamiento, arman una alianza para reaprender a habitar sus años.
Las bromas sobre los achaques, las manías y los choques de carácter arrancaron risas desde el inicio. Sin embargo, el ambiente cambió de golpe al abordar la exclusión en el hogar.



En el pasaje más tenso, una confesión escénica rompió la ligereza: “Mi hija me quitó las llaves, no me deja entrar a la casa y ni me dirige la palabra. Me dijo que una de las dos se tenía que morir, y que esa debería de ser yo. Es buena muchacha, pero se enoja muy rapido”, soltó el personaje, dejando un silencio pesado entre las filas.
La frase expuso una realidad cruda: la forma en que los adultos mayores terminan siendo percibidos como un obstáculo en sus propios hogares.
Complicidad frente al olvido
Pese al golpe dramático, la obra no se quedó en la tragedia. El texto echó mano del humor negro como escudo contra la soledad. La química entre Medina y Espinoza mostró que la dignidad en la vejez también se defiende a carcajadas.



El cruce de reclamos y afectos demostró que cumplir años no significa quedar en desuso, sino reivindicar la autonomía y la experiencia vivida.
La historia arranca con un pretexto sencillo: dos mujeres totalmente distintas que coinciden por casualidad mientras esperan el camión. Una es reservada y dolida por la vida; la otra, más directa e irónica. Conforme avanzan los minutos sobre la tarima, ese cruce de palabras se convierte en una amistad improvisada que les permite apoyarse en sus momentos más oscuros.
Lejos de ponerse triste o dar sermones, la puesta en escena apuesta por usar la comedia como una vía de escape. La obra deja flotando en el Teatro Morelos la idea de que envejecer no significa arrinconarse a esperar que pase el tiempo, sino seguir buscando con quién compartir el camino y defender el derecho a soltar una buena carcajada.



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