Desiderata legal

El 5 de septiembre no nació en una oficina gubernamental ni fue creado por una institución internacional. Su origen se encuentra en la memoria de las propias mujeres indígenas y en una historia de resistencia que tiene como referente a Bartolina Sisa, lideresa aymara ejecutada por el régimen colonial el 5 de septiembre de 1782.
Dos siglos después, en 1983, organizaciones y movimientos indígenas reunidos en Tiahuanaco, Bolivia, recuperaron esa fecha para reconocer la lucha, la dignidad y las aportaciones de las mujeres indígenas. Desde entonces, el 5 de septiembre se ha conmemorado en distintos países, especialmente en América Latina, como Día Internacional de la Mujer Indígena.
Por ello, esta fecha no debe entenderse solamente como una efeméride. Es el resultado de una memoria construida desde los pueblos y sostenida durante décadas por mujeres que se organizaron para exigir el reconocimiento de sus derechos, sus conocimientos y su participación política.
En 2026 se produce un cambio que merece destacarse. Por primera vez, el 5 de septiembre se conmemora oficialmente, dentro del sistema de las Naciones Unidas, como Día Internacional de las Mujeres y las Niñas Indígenas del Mundo. La Asamblea General realizó esta proclamación mediante la Resolución A/RES/80/10, adoptada el 26 de noviembre de 2025.
La ONU no creó la fecha: reconoció una conmemoración que ya tenía historia y contenido político. Lo novedoso es su alcance universal y la incorporación expresa de las niñas indígenas. La relevancia de este reconocimiento no se encuentra en un nuevo emblema o en una campaña temporal, sino en haber colocado de manera permanente los derechos, conocimientos y liderazgos de las mujeres y las niñas indígenas en la agenda mundial.
Desde Michoacán, el 5 de septiembre debe llevarnos también a mirar nuestro propio territorio.
Quien contempla el lago de Pátzcuaro desde la distancia puede ver uno de los paisajes más representativos del estado. Para las comunidades purépechas, sin embargo, el lago es mucho más que una imagen: es memoria, alimento, trabajo, espiritualidad, identidad y continuidad comunitaria.
En esa relación cotidiana con el agua están las mujeres. Ellas conocen los cambios del lago porque los viven en sus hogares, en sus actividades productivas y en la organización de sus comunidades. Saben lo que significa que disminuya el agua, que se contamine o que deje de ser suficiente. También conocen los esfuerzos necesarios para conservarla y para transmitir a las nuevas generaciones el vínculo con el territorio.
Mi participación en los trabajos del Consejo Consultivo Intercultural de la Cuenca del Lago de Pátzcuaro, particularmente en el CEDAW Purépecha, me ha permitido confirmar que los problemas ambientales nunca son neutrales. Sus consecuencias no afectan a todas las personas de la misma manera. Cuando escasea el agua, se deterioran los ecosistemas o desaparecen formas tradicionales de subsistencia, las cargas recaen de manera diferenciada y, con frecuencia, desproporcionada sobre las mujeres.
Pero ellas no deben ser vistas únicamente como víctimas del deterioro ambiental. Son productoras, educadoras, defensoras del territorio, organizadoras comunitarias y portadoras de conocimientos indispensables para comprender la cuenca y construir soluciones.
Por eso, en este 5 de septiembre, debemos preguntarnos qué significa realmente reconocer a una mujer indígena.
Reconocer no es solamente agradecer su trabajo o destacar su papel como guardiana de las tradiciones. Aunque esas aportaciones son fundamentales, el reconocimiento resulta incompleto si no se acompaña del derecho a participar y decidir.
Durante mucho tiempo se ha valorado a las mujeres indígenas como transmisoras de la lengua, la cultura y los conocimientos comunitarios, pero no siempre se les ha reconocido como autoridades y actoras políticas. Se escuchan sus relatos, pero sus propuestas no necesariamente se incorporan a las políticas públicas. Se admiran sus saberes, pero se privilegian otros conocimientos cuando llega el momento de decidir sobre el agua, el territorio o los recursos.
Esta es una de las razones por las que resulta relevante el Consejo Consultivo Intercultural de la Cuenca del Lago de Pátzcuaro. Su existencia abre la posibilidad de construir un espacio de diálogo entre comunidades, instituciones educativas y autoridades, desde una perspectiva que reconozca tanto el conocimiento científico como los saberes comunitarios.
También es significativo el esfuerzo del CEDAW Purépecha, como ha sido denominado por sus impulsoras. Su importancia radica en llevar al ámbito comunitario una pregunta esencial: ¿qué significa eliminar la discriminación contra las mujeres purépechas desde su propia realidad, su cultura y sus prioridades?
No se trata de sustituir la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer ni de crear un tratado paralelo. Se trata de apropiarse de sus principios y traducirlos a las necesidades de las comunidades, mediante un proceso en el que las propias mujeres identifiquen las barreras que enfrentan y participen en la construcción de las respuestas.
La Recomendación General número 39 del Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer reconoce que las mujeres y las niñas indígenas enfrentan formas de discriminación entrecruzadas: por ser mujeres, por su identidad indígena, por hablar una lengua originaria, por su condición económica, por su edad o por vivir en territorios históricamente relegados.
También deja claro que no son solamente destinatarias de protección. Son titulares de derechos individuales y colectivos y tienen derecho a participar de manera efectiva en las decisiones relacionadas con sus territorios, recursos naturales, culturas y formas de organización.
En materia ambiental, el Acuerdo de Escazú reconoce los derechos de acceso a la información, participación pública y justicia. Para las comunidades de la cuenca, esto significa que la información ambiental debe ser oportuna, comprensible y culturalmente adecuada; que la participación debe comenzar antes de que las decisiones estén tomadas, y que las propuestas comunitarias deben tener posibilidades reales de influir en sus resultados.
La nueva Ley General de Aguas refuerza esta exigencia. Su artículo 15 obliga a los tres órdenes de gobierno y a las instancias de participación ciudadana a garantizar la participación paritaria y sustantiva de las mujeres en la gestión del agua y en todos los espacios de toma de decisiones.
La participación sustantiva no se agota con ocupar un lugar en una reunión. Significa tener acceso a la información, formular propuestas, intervenir en los acuerdos, decidir sobre las acciones y vigilar su cumplimiento.
Desde la academia debemos aportar investigación, sistematizar los acuerdos, generar información confiable y contribuir al seguimiento de los compromisos, sin sustituir las voces comunitarias ni asumir que el conocimiento universitario es el único conocimiento válido.
Es decir, la comunidad científica cumple mejor su función cuando escucha antes de proponer y cuando pone sus capacidades al servicio de las comunidades. Acompañar no significa decidir por ellas, sino contribuir a que su participación tenga condiciones, continuidad y resultados.
En la cuenca del lago de Pátzcuaro, el mejor homenaje será conseguir que las mujeres purépechas no sean convocadas únicamente para hablar de sus tradiciones, sino para decidir sobre el agua, el territorio y el futuro de sus pueblos.
Porque éste es, finalmente, el sentido más profundo del 5 de septiembre: reconocer que escuchar a las mujeres que sostienen el lago no es una cortesía institucional, sino una condición indispensable para protegerlo.
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