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Para Natalia Vargas Frutis, el Día de las Madres remite a una historia de espera, trabajo y perseverancia. Antes de ser madre, pasó años en tratamientos médicos para lograr embarazarse; después, combinó las aulas, el hogar y la venta de toqueres para sostener a su familia y acompañar el crecimiento de su hijo, Christopher.

Originaria de La Parota, comunidad del municipio de Huétamo, Natalia es maestra de primaria y desde hace aproximadamente 20 años también vende toqueres, un platillo tradicional de Tierra Caliente.

Las toqueres se elaboran con elote macizo, un poco de sal y manteca. Después de cocidas se sirven con crema, queso y salsa. En su casa, recuerda, se preparaban durante la temporada de lluvias, cuando ya se había acabado el maíz seco y todavía no había mazorca para hacer tortillas.

“Como no se pueden hacer tortillas, por eso es que se hacen las toqueres de ese elote macizo”, cuenta Natalia, al recordar una práctica que en su familia no nació como negocio, sino como parte de la vida cotidiana.

El proceso lo realiza desde cero. Compra el elote, le quita la hoja, lo rebana, lo muele y prepara la masa con sus propias manos. No compra masa hecha ni encarga esa parte del trabajo, porque asegura que ahí está una parte importante del sabor y del cuidado con el que vende.

“No le voy a confiar lo que yo voy a vender a otra persona”, dice. “Hay que prepararlo bien para que salgan ricas”.

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La venta de toqueres llegó después, como una forma de completar el ingreso familiar. Natalia tiene más de tres décadas de servicio como maestra, pero afirma que el sueldo no siempre alcanza para cubrir los gastos de la casa, el crédito hipotecario, la alimentación, el vestido y la educación.

Su historia como madre, sin embargo, empezó antes. Natalia recuerda que desde joven deseaba tener un hijo. Durante años estuvo en tratamiento para lograrlo, hasta que una cirugía permitió conocer el problema que le impedía embarazarse.

“Desde que empecé a trabajar yo dije: no importa que no tenga padre, pero va a tener mucha madre”, expresa al recordar la decisión con la que enfrentó ese proceso.

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Tenía 33 años cuando supo que estaba embarazada. Los médicos le habían hablado de pocas probabilidades de lograrlo de manera natural y ella llegó al consultorio preocupada, pensando que algo no estaba bien. El ultrasonido confirmó lo contrario.

“Me puse a llorar, pero llorar de felicidad, porque al fin lo había logrado”, cuenta.

Su hijo, Christopher, llegó después de años en los que Natalia buscó convertirse en madre. Ella dice que la maternidad no se le hizo difícil porque fue algo que deseó profundamente y porque contó con el apoyo de sus hermanos, quienes la ayudaban a cuidarlo mientras ella salía a trabajar.
A sus 55 años, y con doble plaza como docente, Natalia explica que los descuentos a su salario y los gastos de la casa la llevaron a buscar otra forma de ingreso. Casada y con 33 años de servicio, trabaja hoy con la meta de llegar a la jubilación.

En la historia de Natalia, las toqueres no son solo un platillo tradicional de Huétamo. También son parte del camino de una mujer que aprendió la receta en casa, que buscó durante años convertirse en madre y que hizo del trabajo una forma de acompañar el crecimiento de su hijo.

“Volvería a pasar por mil y unas cosas para volverlo a lograr”, afirma. “Yo lo logré por la perseverancia”.

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