El sábado 15 de noviembre fui invitado por la Diócesis de Tacámbaro a cargo del obispo Juan Carlos Areq Guzmán, para conversar con la Pastoral Social de ese territorio, sobre la problemática ambiental.

De esa charla que concluyó en un compromiso muy interesante derivé las siguientes observaciones:

Que la realidad de los desequilibrios ambientales está ahí, independientemente de los filtros ideológicos con los que algunos pretenden mirarlos para negarlos, pues nos trasciende a todos.

Que sus efectos ecosistémicos, económicos, sociales, culturales, espirituales, brotan por dondequiera que se rompe un equilibrio, que es una verdad que ni estando carentes de vista se puede negar.

Es un hecho que merece nuestra reflexión el que la idea de progreso y desarrollo que domina nuestra era ha decidido tirar a un lado los criterios de sostenibilidad, los valores de respeto a la naturaleza y ha colocado en un trono el valor de la ganancia y al poder político que lo permite.

Que la velocidad con que se mueve este tren y la fortaleza de su maquinaria viene arrasando con lo poco que nos queda como mundo y como nación. La huella de este tipo de progreso son bosques arrasados, aguas privatizadas, tierras contaminadas y degradadas, clima extremo y contaminación rampante.

Y es triste que los agentes del progreso estén usando la tecnología para exprimir la tierra. El desarrollo económico de hoy está soportado en pilares de ceniza. Tenemos riqueza matando los recursos, sin justicia y sin reconciliación del ser humano consigo.
Las tres ecologías de las que habla Félix Guattari, ambiental, social y psicológica espiritual, están rotas.

Estamos pues, caminando al precipicio. Que la ausencia de una cultura vital de empatía con los componentes de nuestros ecosistemas y la predominancia de los valores del ego y el dinero han hecho posible que se persiga, se criminalice y se asesine a quienes han osado en señalar que ese no es el camino, a quienes han denunciado, conforme al estado de derecho que nos rige, la infinidad de delitos ambientales que se cometen.

La justicia ambiental es una posibilidad muy frágil.

Suele decirse que la humanidad aprende a las malas, cuando es llevada al límite. Lo perturbador de la cuestión ambiental es que llegado a ese límite no habrá punto de retorno, es decir, la afectación planetaria, el cambio de temperatura, el cambio climático, la extinción de especies, el agotamiento de la tierra, no se solucionarán con un mea culpa.

La existencia humana en el futuro por fuerza, porque así lo estamos construyendo, tendrá que ser precaria y con mayores dificultades. En este encuentro con la Asamblea Pastoral Social tacambarense, a la cual pertenece Madero, se destacó por parte del Sr. Obispo y los asistentes, la importancia de que la iglesia avance con mayor ímpetu en atender las grandes preocupaciones que mortifican a su pueblo:

La cuestión de la seguridad, la familia, la atención a las adicciones, la solidaridad a través de Cáritas y la sensibilización ante los desafíos ambientales, entre otras. Como es sabido, la iglesia católica tiene una posición bastante clara y proactiva en materia ambiental, derivada de la encíclica Laudato Si del Papa Francisco, y con la cual se comparten visiones con otras iglesias y organismos internacionales.

Una encíclica que tiene mucho de Francisco de Asís y otros pensadores del mundo cristiano. Que la iglesia católica, a través de la Diócesis de Tacámbaro, tenga esta preocupación por el problema ambiental como desafío que debe abordar su Pastoral Social, es una buena noticia para los católicos de la región y para quienes desde diferentes lugares hacen defensa de sus bosques, sus aguas, sus especies y sus paisajes.

Es una buena noticia para los propios ecosistemas y sus criaturas. Ante este esfuerzo que desarrolla la Diócesis, el Obispo Juan Carlos Areq Guzmán nos ha concedido el honor de invitarnos para promover y coordinar estos esfuerzos y representar a la Diócesis en los espacios nacionales que la iglesia tiene para abordar la problemática medio ambiental.

La suma de esfuerzos de religiosos, laicos, de cívicos, del mundo de la academia, las instituciones gubernamentales, de la gente de bien, tendrá que ser virtuosa, primero en hacer evidente lo que ya existe: que tenemos una crisis ambiental y climática que necesita una intervención ética más eficiente para proteger lo que aún nos queda, para resarcir daños y para recuperar ecosistemas; segundo, para lograr un desarrollo y un modo de vida sostenible y una evolución espiritual que recupere los valores de la humanidad que hemos venido perdiendo.

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