No eran manifestantes ni parte del programa oficial, eran niños siendo niños.

En plena Plaza Jardín Morelos, durante la verbena Morelia, los chiquillos se apropiaron del espacio y del monumento ecuestre que domina la plaza; se treparon en las faldas del Hijo Predilecto de Morelia y hasta donde pudieron.

Como si fueran otros tiempos, quedaron postales singulares: chiquillos trepando al podio de “El Caballito”, escalándolo entre risas y esfuerzo.

Algunos lograron llegar hasta las figuras femeninas, las de la justicia, que acompañan a Morelos, otros se quedaron a medio camino, aferrados al podio.

Casi un “por fin, un niño sin celular”, aunque no del todo. Hubo quienes, incluso desde lo alto, aún sostenían un teléfono, pero más que la pantalla, parecía importarles el juego compartido, la aventura de subir y conquistar el monumento.


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