Morelia, Michoacán
El Centro Histórico de la ciudad de Morelia estaba enmarcado por un escenario de grandes dimensiones. No era para un concierto, se trataba de la antesala del primer Viacrucis que se desarrolla en el cuadro principal de la capital michoacana y que en este día representó La Última Cena.
Propios y ajenos recorrían la avenida Madero, algunos se tomaban fotografías con la catedral de fondo, otros más buscaban más templos para cumplir con la tradición del Jueves Santo: la visita a las siete casas, día en que se instituye el sacramento de la Eucaristía para la religión católica.
Vendedores de churros, de papas fritas, hasta de lentes obscuros por 40 pesos, estaban instalados en la avenida principal de Morelia, cuando sorprendieron a la mayoría de transeúntes un grupo de hombres a caballo que buscaban a “Judas”, el que vendió a Jesús por 30 monedas.




Aquellos hombres caracterizados como soldados romanos eran un anuncio, no muy discreto, que la representación del pasaje bíblico estaba por comenzar.
Fue en punto de las ocho de la noche cuando el Arzobispo, Carlos Garfias Merlos, subió al escenario para emitir un mensaje y bendición de bienvenida a quienes ya habían asegurado su lugar cerca del escenario ubicado en la esquina de Abasolo y Madero.
En las tablas se tenía como fondo una pantalla que permitió colocar imágenes de fondo para que los asistentes pudieran trasladarse a aquella época, así como piezas concretas que fueron usadas como escenografía.




Entre lo más visto de la noche, además de personas con celular en mano grabando momentos de la puesta en escena, estaban niños cargados, ya sea en los hombros o en los brazos de sus familiares, pues no alcanzaban a ver lo que ocurría al fondo.
Sin embargo, el comentario generalizado fue la falta de sillas para que los presentes disfrutaran la representación que duró aproximadamente una hora y media.
Algunos niños más le expresaban a sus mamás o papás que sentían miedo de lo que escuchaban o lo que alcanzaban a ver, lo que habla del realismo de los elementos que integraban la representación pagano-religiosa.



Incluso, hubo quienes improvisaron su asiento, algunos al compartir un banco de madera, otros desde las bancas de la plaza levantando el cuello y poniendo atención al sonido, mientras que otros se recargaron en las letras de Morelia para reposar el cuerpo.
“Brillaron” también los vestuarios que desde el público permitían a las personas sentir que estaban viendo una producción de calidad.




