Fotos: ACG

Entre el movimiento de las calles de Morelia, los vendedores y quienes caminan de un lado a otro, Don Carlos ofrece sus dulces de higo. A sus 79 años, todavía se mueve con energía, viaja desde la zona del Lago de Pátzcuaro y mantiene una tradición que comenzó hace aproximadamente medio siglo.

Su historia con el higo nació desde la infancia. Sus abuelos tenían una pequeña huerta de entre 20 y 30 árboles, cuando, recuerda, las lluvias eran abundantes y las cosechas también. Su abuela Macedonia preparaba distintos dulces, entre ellos los de higo, leche, calabaza y camote.

Pero para Don Carlos no fue sencillo comenzar su propio camino. Cuando su familia repartió los terrenos, los árboles de higo quedaron en manos de sus hermanas. Él, que quería continuar con la tradición y preparar dulce, tenía que esperar una oportunidad para conseguir la fruta. Incluso recuerda entre risas que llegó a cortar higos a escondidas hasta que un día uno de sus cuñados lo encontró arriba de los árboles y lo enfrentó.

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Aquella experiencia, lejos de alejarlo del higo, terminó por impulsarlo. Le pidió a su madre un terreno para plantar sus propios árboles y comenzó prácticamente desde cero. Llegó a plantar alrededor de 4 mil árboles, pero tuvo que esperar cerca de 20 años para que comenzaran a producir.

Ahora, dice con orgullo, el higo ya le sobra.

Con esa fruta prepara dulces que él mismo lleva hasta Morelia. El proceso, sin embargo, es uno de sus secretos mejor guardados. Cuando le preguntan cómo los prepara, sonríe y se niega a revelar la receta. “No, el procedimiento no le puedo decir nada”, responde entre risas. Para él, compartir el producto sí, pero revelar el secreto de tantos años de trabajo, no.

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Cada pieza la vende en 35 pesos, aunque anteriormente las ofrecía en 40. Asegura que decidió bajar el precio porque conoce las dificultades económicas que enfrentan muchas familias.

Detrás de esos 35 pesos, explica, hay mucho más que una simple venta. Está el agua que utiliza para lavar y procesar la fruta, el gas, el transporte y todos los demás gastos que implica producir el dulce desde cero.

Por eso insiste en que su intención también es que la gente pueda disfrutar de un producto elaborado de manera artesanal y, al mismo tiempo, apoyar a quien trabaja para producirlo.

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Don Carlos también recuerda que durante algún tiempo vendió sus productos en el Mercado de Dulces, pero decidió dejar de hacerlo porque, según cuenta, algunos comerciantes le pedían mercancía a crédito.

Para él, esa forma de trabajar no es negocio. Si él necesita azúcar, agua o cualquier otro insumo, tiene que pagarlo; por eso considera que su producto también debe tener un valor justo.

Su puesto, sin embargo, es apenas una parte de todo lo que sabe hacer. Habla de sembrar más árboles, de cultivar nueces de macadamia, de criar animales y de aprovechar nuevamente las tierras para producir alimentos. Considera que el campo todavía ofrece oportunidades, pero lamenta que cada vez sean menos las personas dispuestas a esperar años para ver los frutos de lo que sembraron.

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A sus 79 años todavía piensa en plantar otras 4 mil ejemplares. No habla de retirarse. Al contrario, mientras conversa, deja claro que todavía tiene proyectos pendientes.

También recuerda sus años de estudio. Cursó la primaria y secundaria en Pátzcuaro y posteriormente estudió el bachillerato en Uruapan. Cuenta que, cuando era joven, combinó sus conocimientos con distintos trabajos y que comenzó desde abajo hasta ocupar puestos de mayor responsabilidad.

Aprendió, además, distintas labores del campo y oficios que, según relata, le permitieron salir adelante. Por eso, cuando se le pregunta qué mensaje tiene para las nuevas generaciones, su respuesta es directa,“Que se pongan a trabajar y se acabó.”

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Don Carlos habla de la tierra, de los animales, de la construcción, de recoger materiales para venderlos y de cualquier actividad honesta que permita comenzar a generar ingresos. Su filosofía es sencilla, empezar con poco, ahorrar, invertir y volver a trabajar.

También cuestiona que muchas personas abandonen el campo para buscar oportunidades en las ciudades, mientras las tierras agrícolas terminan vendiéndose para convertirse en fraccionamientos.

Para él, perder el campo significa también perder una forma de vida y una posibilidad de producir alimentos.

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Su conversación salta de un tema a otro. Habla de alimentación, de los productos procesados, de la importancia de comer fruta y de la manera en que él procura mantenerse activo.

Incluso presume que todavía puede correr y trabajar al lado de personas mucho más jóvenes.

Mientras habla, sigue atendiendo a quienes se acercan. Una persona pregunta por sus productos; otra pasa, compra y continúa su camino. Don Carlos sigue conversando, haciendo cuentas, explicando cuánto le cuesta trasladarse desde Pátzcuaro hasta Morelia y cuánto representa para él cada jornada.

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No se presenta como alguien que simplemente vende dulces.

Se presenta como alguien que aprendió a trabajar desde joven, que sembró miles de árboles, esperó décadas para cosecharlos y que ahora recorre las calles para ofrecer el resultado de ese esfuerzo.

Don Carlos, el hombre de 79 años que continúa viajando desde la zona del Lago de Pátzcuaro para vender un dulce que comenzó a aprender desde niño y que, después de medio siglo, sigue preparando con sus propias manos.

Su historia queda entre el aroma de la fruta, el movimiento de la ciudad y una frase que repite como principio de vida: trabajar, sembrar y no esperar a que las cosas lleguen solas.


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