Morelia, Michoacán

Famosa por sus maquillajes recargados, atuendos extravagantes, actitud soberbia y un ego del tamaño de una montaña, Irma Serrano, la “Tigresa”, se vio inmiscuida en múltiples relaciones sentimentales, con políticos y celebridades del espectáculo, algunas de ellas fuera de un matrimonio que nunca se consumó.

Aunque, ninguna de sus aventuras son comparable con el amorío que tuvo con el entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz, a quien, un día, le sonó una tremenda cachetada.

La famosa Tigresa tuvo relaciones de alcoba con el político Fernando Casas Alemán, con el empresario Alejo Peralta y con un grupo enorme de destinguidos caballeros, por lo general, muchos más jóvenes que ella, pero, con el mandatario de México, se le puso la cosa difícil por una razón explicable: el hombre estaba legalmente casado.

Corría el año de 1969 y el entonces titular del Ejecutivo Nacional tenía fracturada su relación con su esposa, Guadalupe Borja, pues tras la Matanza de Tlatelolco la dama, primero, se aisló, y luego empezó a entorpecer los proyectos de su marido.

Fue entonces que apareció Irma Serrano para “robarle” el corazón de Díaz Ordaz y, de la noche a la mañana, se convirtió en la amante. Tras meses de aventura, la Tigresa fue a la residencia de Los Pinos con Mariachi para llevarle una serenata de mariachis nada menos que a su mujer con el propósito de vengarse de ella.

Cuenta la diva en su libro A calzón amarrado que cuando mejor estaba la cosa, apareció Gustavo, a quien ella llamaba “el gusano mayor” y le dijo: “Muchas gracias, señora”, a lo cual ella contestó con un bofetón que le provocó un desprendimiento de retina. “Los lentes le volaron, los mariachis callaron”, narró la cantante.

Aunque la Guardia Nacional quiso intervenir, el presidente lo impidió.

Tiempo después, ya como embajador en España, Díaz Ordaz se refirió a este romance como “tener una relación con una totonaca”, aunque ello no le impidió regalarle muchas cosas extravagantes a la Tigresa, como la cama de la emperatriz Carlota, esposa de Maximiliano de Habsburgo, con adornos de cisnes tallados.

Otros de los obsequios que más llamaron la atención fue la casa que puso a su nombre, ubicada en la calle Peñas de la colonia Pedregal de San Ángel, en la capital del país.

En ella se encontraban varios objetos extravagantes y ostentosos, como las famosas muñecas de porcelana, que se adaptaban a los gustos de la cantante. En su entrada se veía una imponente estatua de un diablo desnudo.

La propiedad, bohemia, con una gran jardín, daba la impresión de ser una fortaleza, pues gran parte de ella estaba hecha con piedra volcánica y, en otras partes, tenía los ladrillos al descubierto.

Tras sus relaciones con varios gobernantes, la Tigresa incursionó en la política y fue diputada por el Partido Revolucionario Institucional y senadora por el Partido de la Revolución Democrática entre el año 1994 y el 2000. Pero, esta, es ya otra historia.  

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