Morelia, Michoacán

En las últimas semanas, activistas en la lucha contra el cambio climático han intensificado sus ataques contra pinturas, esculturas y otras obras de arte ubicadas en museos de Europa para llamar la atención sobre el calentamiento global y otros pecados contra la biodiversidad. 

En todos los casos, los miembros de estas organizaciones piden a sus gobiernos tomar mayores acciones para reducir sus emisiones de carbono y poner fin a la explotación de los recursos naturales, pero, aunque las causas pueden ser entendibles, estas acciones hay provocado un enorme rechazo, tanto en la comunidad del arte, como en el resto de los ciudadanos. 

“Contraproducente”, “desesperante” y “peligroso” son los calificativos que han merecido los ataques a las obras de los grandes artistas en Europa. Incluso, muchos han calificado estas agresiones como “vandálicas y criminales”.

Se trata “claramente de un tipo de escalada”, sostuvo Remigiusz Plath, experto en seguridad de la Asociación de Museos Alemanes (DMB) y de la fundación Hasso Plattner. “Todos los museos deben pensar en medidas más fuertes de seguridad”, como “prohibir las bolsas, las chaquetas y quizás también registrar”.

“¡Es terrible!” ¿Cómo la lógica de la defensa del clima lleva a querer destruir una obra de arte? Es absolutamente absurdo”, sostuvo la ministra francesa de Cultura, Rima Abdul Malak, al diario Le Pariesien. 

Lo cierto es que, los ambientalistas, en su afán de salvar al mundo, están cometiendo crímenes irreversibles contra la historia de la cultura universal.

Los ataques

La lista de los desmanes es larga y vale la apena resumirla.

Dos manifestantes ecologistas arrojaron, en octubre pasado, sopa de tomate sobre el cuadro “Los girasoles”, de Vincent Van Gogh, en la National Gallery de Londres.

La famosa pintura no resultó dañado, pero sí el marco. Pintada en 1888 por el maestro postimpresionista holandés, la obra está valorada en 84.2 millones de dólares.

Con esta espectacular acción, la organización ecologista Just Stop Oil buscó exigir que el ejecutivo británico detenga todos los nuevos proyectos de explotación de hidrocarburos en el país.

También en octubre, dos simpatizantes del grupo de activistas por el clima Letzte Generation (Última generación) lanzaron puré de papa contra un cuadro de Claude Monet, de la serie Les meules (Los almiares), expuesto en el Museo Barberini de Potsdam, cerca de Berlín.

En un comunicado, los protestantes señalan que con su acción “plantean a la sociedad una pregunta capital: ¿Qué vale más, el arte o la vida?”. 

Las dos mujeres se pegaron luego a una pared y al suelo de la sala de exposiciones y, tras ser despegadas, quedaron detenidas.

Los ataques continuaron cuando dos ambientalistas se pegaron a fines de octubre a un esqueleto de dinosaurio exhibido en el Museo de Historia Natural de Berlín, en una protesta contra las políticas climáticas del gobierno alemán.

Las mujeres, vestidas con chalecos naranja, se enlazaron con una pancarta que decía: “¿qué tal si el gobierno no lo tiene bajo control?”.

Una de las damas, Caris Connell, dijo estar asustada con “los incendios forestales, la escasez de agua, el hambre y la guerra”. 

Según el museo, la policía controló el incidente en menos de una hora. Hubo daños a la propiedad y se presentó una denuncia penal.

Dos semanas después activistas ecologistas rociaron con un líquido negro el famoso cuadro “Muerte y vida”, del pintor austriaco Gustav Klimt, informó el Museo Leopold de Viena. Afortunadamente, la obra de arte no sufrió daños, informó el vocero del museo, aunque el susto fue mayúsculo.

La causa de los ambientalistas es, sin dudas, válida, pero ¿lo son estos métodos depredadores que atentan contra el legado de la cultura universal?. Buena pregunta. Para algunos, se están combatiendo las políticas de explotación extrema de las riquezas del planeta con sangre en las manos.

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