¿Cuánto te ha costado emocional, física y económicamente ser mujer?

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Akelarre

El sometimiento a través de una sistemática desvalorización personal ha sido tan efectivo que llegamos a ver como algo normal la insistencia para “arreglarnos”, dando por hecho que hay mil cosas que están “descompuestas” en nosotras.

Nos liberamos de a poco y con trabajo personal, hoy asumir el poder de y sobre nuestra cuerpa es también fundamentalmente revolucionario.

Mi cuerpo, el templo donde radica mi primer poder, ¡aquí mando yo! Esta emancipación primera podría parecer obvia, pero para las mujeres no lo es, pues los mandatos de género siempre nos han puesto límites para lo que podemos o no hacer con nuestro cuerpo.

Desde bebés; ya hay un mandato; si hay que perforarnos las orejas, vestirnos de rosa, ponernos vestidos y faldas aunque sea incómodo jugar en la escuela o debamos cuidarnos siempre que no se nos vea la ropa interior, si debemos tolerar abrazos y besos de extraños para no ser tildadas de “groseras” y un largo etc.

La cultura y el sistema patriarcal dominante nos ha limitado y sesgado de ciertas actividades, controlando nuestro cuerpo y lo que podemos hacer con él, hasta hace muy poco eran juzgadas severamente las mujeres que conocían y usaban métodos para no embarazarse, hoy en día existen movimientos de personas molestas por la posibilidad que las mujeres decidan si quieren o no traer un ser al mundo y en qué condiciones.

Por si fuera poco, también hay un interés económico sostenido completamente en los cuerpos de las mujeres: La industria de la belleza paga por hacerte sentir mal con tu propio cuerpo.

Sin ninguna ética ni castigo, la industria multimillonaria de la belleza, moda y farmacéuticas han confabulado y coexistido con un sistema que desde niñas nos hace sentir que haya algo mal con nosotras y con nuestros cuerpos.

Desde niñas estamos bombardeadas con publicidad engañosa, mensajes y rituales que acentúan la concepción de que hay muchas cosas que están mal y que tenemos que arreglar en nuestros cuerpos para ser consideradas bellas, o cuando menos aceptables a la vista.

Con naturalidad leía las revistas de moda con artículos como “aprende a deshacerte de todo el vello indeseable”, “saber vestirte de acuerdo a tu edad”, “Tips para verte más delgada aunque seas voluptuosa”, “desaste del mal olor en esos días”, “Logra una piel de bebé” e infinidad de indicaciones para verte joven, “sin imperfecciones”, para arreglar lo que está mal.

Si supiéramos todo lo que hace el sistema de consumo para hacernos sentir incómodas con nuestro propio cuerpo, todo el dinero que invierte la industria para hacernos pensar y sentir que hay algo mal con nosotras. ¡No volveríamos a ver su publicidad!

Pero el aleccionamiento controlador no se queda ahí, no, es reforzado culturalmente por las creencias instaladas en nosotras desde que nacemos (ese conjunto de estereotipos, roles, asignaciones a lo que definimos como género).

Creencias milenarias, donde la menstruación es un tema tabú, que implica impureza o suciedad, que el vello corporal en la mujer es repulsivo, el tamaño de los senos si es muy grande es incómodo y provocador, si es muy pequeño, infiere menos feminidad, se meten incluso con la forma en que nos sentamos, cómo debemos caminar, qué partes podemos tocar públicamente y cuáles no, mostrar o no, y cómo deben verse, quieren que ocultemos todo lo que físicamente se identifica con ser mujer, como si fuera vergonzoso, desde niñas somos invadidas por esta serie de agresiones y violencias para avergonzarnos de ser mujeres.

Esos mandatos que son nefastos pero aceptados hasta que decidimos empezar a cuestionarlos concientemente, parte de lo que le debo al feminismo es precisamente iniciar el cuestionamiento personal de todo lo que ha sido para mí ser mujer hasta ahora, cuánto me ha costado emocional, física y económicamente ser mujer.

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