Mujer como sinónimo de locura

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Hija de mi madre

Desde el 2016, cada 10 de octubre se conmemora el día de la salud mental, y este día sirve para visibilizar que la idea de invertir en salud mental no solo responde a la necesidad sanitaria, sino que es una cuestión de justicia social, salud pública y que permitirá sociedades más sanas e igualitarias, porque aunque es un tema que atañe a ambos sexos, el enfoque con que es tratado es completamente diferente, pues cuando hablamos de salud mental, se da por hecho una relación de poder, una desigualdad de posiciones y al ser mujer, ésta es doble.

En un sistema como el nuestro ser loca implica sufrir un tipo de opresión específica, “el cuerdismo” y esto es justo lo que busca visibilizar el día y lo que en específico busco hoy a través de estas letras.

A lo largo de la historia las mujeres que nos salimos del canon femenino hemos sido juzgadas como locas o como brujas y en algunas ocasiones incluso se nos han marcado de ser las dos.

Entre 1450 y 1750, sobre todo durante el renacimiento, el mundo mostró su perfil más obscuro con la caza de brujas desatada, sin embargo, en la realidad esas brujas en la gran mayoría de los casos era mujeres que tenían conocimientos específicos sobre ciertas áreas, que habían descubierto la herbolaria, que comprendían el cielo, que sabían leer, que disfrutaban bailar y cantar sin necesidad de estar en un baile o momento en el que eso era permitido, y a estas últimas, además, siempre se les tachó de locas. De la misma manera, las brujas también eran las mujeres con alguna enfermedad mental que hasta esos momentos eran desconocidas y no nombradas.

Conforme avanzaron las sociedades y las ciencias, surgieron nuevos términos para seguir juzgándonos y nació la enfermedad llamada histeria, palabra que viene del griego “hysteron” y que significa útero. Esta supuesta condición médica es definida como: “enfermedad nerviosa crónica más frecuente en la mujer que en el hombre, caracterizada por gran variedad de síntomas, principalmente funcionales y a veces por ataques convulsivos” y así como el origen de la palabra lo indica, en aquellas épocas se asumía que sólo las mujeres nos enfermábamos de esto pues los malestares provenían de perturbaciones del útero, en concreto era que este órgano no tenía lo que deseaba y en consecuencia se desplazaba de manera imprevista por el cuerpo.

Desde la antigüedad clásica Platón afirmaba que la matriz era un animal que vive dentro de nosotras con el deseo de hacer hijos, y cuando éste permanecía mucho tiempo estéril después de la pubertad se convertía en un demonio que va errante por todo el cuerpo, bloqueando los conductos del aliento, causando molestia extraordinaria y ocasionando enfermedades de todo tipo, convirtiéndonos, además, en brujas que se dejan influenciar por el diablo.

Ya en el siglo XIX, la histeria pierde su contexto demoniaco y se vincula a la ciencia y adquiere mayor poder como diagnóstico médico, llenando los sanatorios de <<mujeres histéricas>>, y claro, no nos sorprende pues todas las disciplinas en la historia han mostrado un carácter androcéntrico y paternalista. Pero estas internas o usuarias no eran más que mujeres, que con una pregunta incómoda en un momento inapropiado evidenciaban un síntoma de esta patología.

La medicina describía a las mujeres que padecían esta enfermedad como sexualmente agresivas, ambiciosas, curiosas intelectualmente y que no se ajustaban a la condición de sumisión del sexo femenino y su tratamiento o cura tenía que ver, ni más ni menos, con nuestros genitales y órganos reproductivos; relajándolos a través de la estimulación y que tenía el nombre médico de masaje pélvico o paroxismo histérico. Y si esto no les ha sonado ninguna campana, estamos hablando de la excitación y placer sexual, así es, el tratamiento era la masturbación.

A lo largo de nuestra vida, toda mujer, en más de alguna ocasión habremos de escuchar “eres una histérica”, normalmente siempre que lo dicen, es para desacreditar lo que pensamos o sentimos y por eso es necesario que hoy retomemos el tema y que digamos las cosas como son. No somos histéricas, somos mujeres incomprendidas en un mundo patriarcal, en donde nuestro cuerpo nunca ha sido visto como objeto de estudio para las ciencias, si no sólo como objeto para las labores del hogar, la crianza, los cuidados y el deseo sexual del hombre.

Mujeres, no estamos locas y no somos histéricas, somos históricas; no permitan nunca que ningún cuerdo de atar les corte las alas.

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