Crónica: El amor apesta y mi tobillo también

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Morelia, Michoacán

Cuando me ofrecí a regalar el boleto que me sobraba, lo único que recibí fueron burlas, risas que me advertían que no me atreviera a volver hacer una invitación de ese tipo. Aquel 20 de octubre de 2017, ninguno de mis amigos aceptó pasar la noche entre el ruido y el exceso que sólo Charlie Monttana podía garantizar. El rock es un trabajo duro y no estaban listos para ello.

Tras varios años de ausencia, aquel adolescente que se educó a fuerza de discos en Ciudad Neza y que con el tiempo se convertiría en una especie de anti-poeta de la música y el novio de México, volvía a Morelia y el Cactux era el escenario que sería testigo del momento. Chamarra de cuero, botas y unas insaciables ganas de beber se conjugaron para que la rueda del vaquero rocanrolero girara como nunca, con una fuerza descomunal auditiva.

Totalmente solo y con la cartera caliente, llegué al lugar una hora antes de lo programado. Me percaté de que la batería ya estaba retumbando endemoniadamente y me apresuré a comprar una cerveza. Tras las puertas, se escuchaba con total claridad el soundchek. Los parlantes daban seguridad, prometían que esa, sería una noche inolvidable.

Mi celular no cesaba de vibrar. Mensaje tras mensaje, mis amigos intentaban persuadirme de abandonar la misión para acudir al bar a beber yardas baratas y escuchar canciones en una rockola que no sabía de canciones ruidosas. Nunca había recibido una propuesta tan ruin y deprimente.

No hubo banda telonera. El lugar de a poco se fue llenando como pocas veces se le ha visto a Cactux. La mayoría eran rocanroleros de la vieja escuela, aquellos cuarentones que se convirtieron en empedernidos rebeldes gracias a la música urbana, la que tantas veces ha sido víctima de ese clasismo musical que divide al centro del país con las provincias.

El margen de movimiento era casi nulo, ir al baño era una decisión que te demoraba varios minutos entre la ida y vuelta, la cerveza pasaba de mano en mano, la gente se aferraba hasta en los barandales de las escaleras y entre el sudor y los silbidos desesperados, Charlie apareció con su sombrero vaquero, un chaleco de piel, lentes de sol, cadenas sobre el cuello, anillos y su inigualable cabellera a lo Poison.

En alguna ocasión, Charlie Monttana le confesó al periodista Alejandro González Castillo que decidió dedicarse al rock and roll de tiempo completo porque se clavó en el olor a gasolina y carretera del desierto, donde el sonido es seco, áspero. Lo suyo, le dijo, era el exceso, beber y andar en el desmadre.

Con esa convicción, sonó el primer riff en Morelia y yo no pude más que saltar y saltar, moverme de un lado a otro como lo indican los estándares del rock. Pese a que mi actitud molestó a más de alguno, ya no estaba en mí poder controlarlo, era como si esos brincoteos tomaran cada vez más fuerza por cada trago que le daba a la cerveza.

“¡Venga, banda!”, gritaba Charlie y la multitud le respondía a coro con un “¡A huevo!” que creaba una sintonía que es única y exclusiva de la música. Cuando llegó el momento de ‘Todos estos años’, brinqué tanto que me olvidé de que el proceso incluía saber aterrizar. Simplemente sentí cómo el tobillo se torció y de inmediato comenzó a inflamarse sin tregua. No me importó y le di otro sorbo a la cerveza.

Y es que la de Charlie era una noche redonda. Cantaba sin que la voz mostrara señales de flaqueza, se animó a agarrar el bajo en ‘Tocando el cielo’ y la guitarra en ‘Todas estas lágrimas’. Se entregó al público, bromeó, compartió anécdotas y en el clímax del show enloqueció a los presentes con un: “Gracias Morelia, es un sueño para mí”.

En casi dos horas de concierto, Charlie recorrió parte de su discografía como solista con todos los clásicos como ‘Vaquero Rocanrolero’, ‘El amor apesta’, ‘Mi terrible Soledad’, ‘Historias de rock and roll’ e ‘Hipócrita’; pero también hubo tiempo para hacer un guiño más extenso a sus épocas en ‘Vago’ y ‘Mara’.

Para la parte final, Charlie tomó su guitarra de Jack Daniels, se desprendió del sombrero y dejó todo en el escenario con ‘Tu mamá no me quiere’. Presentó a sus músicos, bailó y simplemente se fue. La noche no acabó ahí. Los que queríamos más nos quedamos para hablar entre nosotros y brindar hasta que ya no hubiera una cerveza disponible en ese rincón de la ciudad.

Charlie Monttana murió el 28 de mayo del 2020 y lo hizo como suele pasar con la mayoría de los rockstars: de manera intempestiva. Al llamar a su recuerdo, siempre pienso en la mañana siguiente de aquel concierto, cuando la resaca homicida me tomó por asalto y observé mi tobillo morado y del tamaño de Pie Grande. Ante aquella herida del rock and roll, no pude más que esbozar una sonrisa.

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