Lo subrayó Silvano Aureoles, “con todas sus letras”: lo que toca a los gobiernos hacer por la seguridad e integridad de las personas y de sus bienes, “no nos está dando, no es suficiente”. El domingo, en la firma del compromiso para un acuerdo de paz y reconciliación en el estado, puso entonces énfasis en el rol que deben asumir las familias, las escuelas públicas y privadas, desde preescolar hasta el nivel universitario, y las iglesias, de todas las religiones, en la elaboración de una estrategia integral, “sin celos ni sesgos”, contra la violencia.
Habrá que recuperar y fortalecer el círculo familiar, enraizar valores y “hacer sinergia con la parte espiritual”, expuso el gobernador de Michoacán. Así remontaremos para ganar esta batalla contra la inseguridad y la criminalidad.
Así de claro, y con todas sus letras, agregaríamos en este espacio: empieza a notarse la desesperación en todos los niveles de gobierno por las fallidas medidas implementadas contra la delincuencia y para bajar el índice de homicidios violentos que diariamente se registran en el país. Porque además, eso sí, cada quien trae sus datos, sus números, sus planes y su sesgo ideológico o partidista para interpretar el problema.
Pero en resumen: han fracasado. Y ni modo de ocultar otra verdad: a escala nacional y de lo local, han pasado gobiernos de todos los colores y orientación política, de derecha a izquierda, de derecho y de revés. El mismo resultado.
Trece años y sumando. Y el que sigue será más violento que el anterior. Así estamos.
¿Servirá a estas alturas convocar a la sinergia con la parte espiritual, recuperar y fortalecer el círculo familiar y sus valores? ¿El sistema de educación, pública y privada, está a la altura de la exigencia de la crisis? ¿Y todo lo demás, medios de comunicación, cine, las mal llamadas “benditas” redes sociales…?
Veremos qué se hace, porque algo se tendrá que hacer. Por lo pronto ahí quedan el reconocimiento de lo que no ha funcionado.
¿La convocatoria? La firmaron todas y todos, o casi. A ver si todas y todos le entran. Y cómo, con qué. Ahí están los detalles, entre ángeles y demonios.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







