Por Antonio Rojas Ávila

¿Qué nos dice la actuación de las y los policías de Morelia ante la llamada de auxilio de una mujer? ¿Qué nos dicta la reacción de los jefes y jefas policiales y políticos? ¿Qué nos enseñan los discursos del presidente municipal y sus encargados de Comunicación Social ante los hechos? Estas son preguntas que, creo, urge responder.

Estas líneas se convierten en una postura especialmente personal al reconocer en Mitzi el reflejo de alguien más querido, de una hermana que se dedica a la misma profesión, en la misma ciudad y que, entre la misma gente, podría perfectamente estar viviendo exactamente la misma situación hoy. Por eso el ejercicio más evidente para responder a estas preguntas, estimado lector, sería tratar de imaginar a tu hermana, a tu hija, a tu novia, a tu esposa, o incluso a tu madre en la misma situación que esta humilde reportera.

Morelia: tierra de nadie

Una joven mujer (tu hermana) sale de una fiesta (sí: bella, encopetada y sexy, como nos gusta verlas a todos) donde fue acosada por algún borracho necio, lo suficientemente necio para seguirla a donde sea que fuera. Una vez en el lugar vuelve a la carga sobre ella, y al querer ella (tu hija) retirarse del sitio, el sujeto trata de forzarla a tener relaciones sexuales en la calle. Al querer librarse de su atacante, la muele a golpes, y en el transcurso de toda esta pesadilla lo que ella (tu novia) alcanza a hacer es pedir a auxilio a la policía.

Descubro: En las calles de Morelia todo puede pasar. Nadie vigila. Nadie protege. A nadie le importa. Nadie ayuda. Nadie defiende. Es normal.

Impunidad garantizada

Llegan los elementos policiales. Son hombres y mujeres. La tratan de puta (a tu madre) frente a su atacante y lo dejan ir. Ella indignada reclama justicia a los oficiales, los encara, los insulta tal vez. Los representantes de la ley deciden entonces reducirla, esposarla y meterla a una patrulla, y en el camino la van “calentando” (insultando y golpeando, para los que no están familiarizados con la más común jerga policial). Mientras, el cobarde canalla (que atacó a tu mujer) se ríe libre y podrá regresar cuando quiera a completar su acto.

Advierto: La situación de violencia en el país crea una gran demanda de policías, y muy pocas personas se atreven a ponerse el uniforme. Los que lo hacen, difícilmente llegan por vocación, sino frecuentemente por la idea de poder, por encontrar una salida económica desesperada o por el placer de pasearse con un rifle de alto poder AR-15, como el que dan a cada uno de los policías de Morelia, entrenados por dos o tres meses y difícilmente conocedores de los derechos civiles, del trato a las víctimas, o del apego a la ley. Son jueces y verdugos fuertemente armados en las calles, que a falta de conocimientos echan mano de sus prejuicios para actuar en nombre del Estado, algunos incluso creyendo hacer el bien y otros simplemente buscando el beneficio y la satisfacción personal.

Me pregunto, como cualquiera: ¿qué clase de mujer acepta trabajar en la policía en México? Conociendo los riesgos, el machismo institucionalizado, la corrupción y el permanente trato discriminatorio. Hechos como este parecen brindar una respuesta.

¿División de poderes?

Arriban a la comisaría y la meten en una jaula (a tu hermana), donde la dejan seis o siete horas. Luego la sacan y la llevan al médico legista, que se niega a certificar tanto las lesiones que prueban el ataque por la que ella llamó en primer lugar a la policía, como las que, asegura, le infligieron los oficiales. Luego va con la jueza y esta decide que ella (tu esposa) miente en todo, que no hay intento de violación ni golpiza ni abuso policial, sin gestionarse prueba alguna. La reprende por andar tomando y estarse “arriesgando” siendo mujer, y la lanza a la calle.

Compruebo: Los jueces y sus empleados son los mayores encubridores y cómplices de los criminales en México. Los otros culpables. Trabajan para los políticos, a veces para los capos. Sueltan a los malos y maltratan a los buenos; así lo reconoce hasta el presidente de México. La jueza cívica de Morelia trabaja para el alcalde, y protege a sus compañeros, los policías. Las páginas que contienen los principios más básicos de la Constitución son su papel higiénico.

La víctima tiene la carga probatoria

Como una de cada 100 mujeres víctimas sexuales en México, ella se atreve a denunciar los hechos. Al enterarse del asunto, las autoridades del Ayuntamiento se preocupan por su imagen y se dan unos días para armar una estrategia, hasta que el presidente municipal sale a decir al público que “tiene todas las pruebas” de que ella miente, pero no las muestra. Más tarde, las “pruebas” salen a la luz y no hacen más que confirmar la versión de la víctima.

Aprendo: Por eso es que las mujeres valientes andan tan enojadas, por eso es que las miedosas prefieren esconderse a denunciar. ¡La violencia nunca termina! Sólo en México un edil puede meter las manos en defensa por empleados acusados de violar derechos humanos, ser juez y parte en público y no sólo no caer en la ignominia, sino los medios nacionales servirle de altavoz. Y qué le importan las investigaciones fiscales, pues de comprobarse los delitos de sus policías podrá escudarse en la impunidad que (extraoficialmente) le da a su cargo, aunque su complicidad se haya hecho pública. Su actuar es un escupitajo a los derechos de las mujeres, de las víctimas, de los periodistas, de los ciudadanos, y con toda tranquilidad lo hace en público… No importa, pues estamos en México.

Estrategia stalinista

Seguidamente, el director de comunicación de ese Ayuntamiento ve en el hecho un compló político contra su jefe y emprende una campaña de desprestigio en redes y medios contra la víctima (tu amiga), tratándola de mentirosa, oportunista, meretriz, a través de un despliegue de tráfico de influencias, filtraciones, bots, fake news y otras ingeniosas estrategias de por medio, apelando a la más cobarde misoginia dominante en nuestra sociedad.

Comprendo: “Miente, miente, que algo quedará”, dijo algún pelado que inspiró a Alejandro Magno, a Lenin, a Goebbels y especialmente a Stalin, quien creía que para desbaratar al oponente bastaba con destruir su imagen, sin importar la verdad en sus palabras. Y esto es lo que son las víctimas para los gobernantes de Morelia, en particular, y de México, en general: piedras en el zapato, estorbos, oponentes a reducir, a aniquilar, a exterminar, y esto desde el viejo PRI hasta, al parecer, la Cuarta Transformación.

Y los discursos de protección a la mujer, las alertas de violencia de género y la atención a las víctimas no son más que discursos políticos. Palabras huecas. Silmulación. Demagogia. En una palabra: mentiras.

Violencia institucional; la que no se quita

Unos días después, tu hermana (mamá, novia, esposa o hija) está en boca de todos, de miles y miles de opinadores de redes sociales; muchos la tratan de ramera, de farsante, sin conocerla. Y se sienten en la libertad de “no creerle” ya que, bajo el ejemplo de sus autoridades, no ha logrado comprobar fehacientemente la culpabilidad de sus atacantes. Mientras, ella sigue ultrajada, golpeada, herida, traumada y vilipendiada. Y lo que le falta.

Completo: Finalmente, después de ser víctima de agresiones sexuales, de golpeadores de mujeres, de la policía, de médicos legistas, de jueces, de presidentes municipales y de sus fieles esbirros, en México aún te espera lo peor: el escarnio público. Y digo “lo peor” porque, a diferencia de las otras heridas, esta nunca podrá sanar, porque los poderosos se ocuparán de subirte a la picota y que las marcas de la humillación pública queden en tu frente para siempre. Y por eso te recordarán, mujer, porque 9 de cada 10 hombres michoacanos son lo suficientemente machos para no creerte, así que te defienda el Papa (si te cree).

Reflexiono

Yo me reconozco abiertamente antifeminista, así como antimachista y en especial, antisupremacista. Y esto es porque estoy convencido de que cualquier “lucha” que pretenda reivindicar las diferencias entre unos y otros, en este caso las del género, va directamente en el camino contrario a la evolución social que necesitamos.

Y es que pretender que las mujeres y los hombres somos iguales, o que los homosexuales y los heterosexuales somos lo mismo, es un completo contrasentido, porque no lo somos. De hecho, en lo único que todos, toditos, somos iguales es en que somos completamente diferentes, cada uno, y en esa diversidad encontramos el máximo valor de los seres humanos como raza única.

Valemos por lo que somos, en nuestra unívoca expresión de vida, y no podemos ser encasillados y encasquetados en etiquetas reduccionistas como “hombre”, “mujer”, “transexual”, “mujer trans”, “indio”, “blanco” o cualesquiera que sean; y reivindicar estas “identidades” sólo abona a las divisiones.

Pero el problema aquí son todos los individuos (alcaldes, minions, comunicadores, opinadores de Facebook, etc.) que, velada o abiertamente, reivindican la mentalidad de los grupos antifeministas que, como lo hacen los supremacistas blancos (“neonazis”), utilizan estos casos para reivindicar “igualdades” que suponen una superioridad de unos sobre otros, que con la misoginia característicamente mexicana tratan de devolver a “la mujer” a “su lugar en la sociedad”, lo cual es una peste que no sólo afecta a “las mujeres”, sino a todas las demás personas que pretendemos ser libres fuera de estas etiquetas.

En resumidas cuentas

Las calles de Morelia son tierra de nadie, los criminales y agresores tienen la hegemonía, y nadie está dispuesto a ayudar a nadie, puesto que todos tienen miedo. Los policías no sólo no protegen, sino que pueden ser los peores agresores. Los jueces encubren a los policías abusivos y criminales. Los políticos en el poder exterminan todo lo que parezca amenazar las ventas de su imagen, y sus empleados se manchan las manos con la mierda que sus jefes no deben tocar, y embarran con ella a las víctimas hasta destruirlas.

Si no hay Estado de derecho, entiendo, pues hay que protegernos por nuestros propios medios; como podamos…

Concluyo: Lo que el actuar del presidente municipal Raúl Morón y su séquito me enseña en esta situación, es que si a quien intentaran violar es a mi hermana, que no le llame a la policía, que me llame a mí, para solucionarlo de la única manera efectiva en Morelia: 3de3 – tres balazos en la sien al atacante y tres metros bajo tierra. Al fin y al cabo, a ver si lo pueden probar, que es muy poco probable si lo hago con cuidadito; y si me agarran, al menos protegí a mi hermana y a sus hijos de la amenaza inminente.

Y si ya llamó a la policía y le hicieron lo que a Mitzi, pues nomás es cuestión de (3de3) cavar tres tumbas más, del ancho de las tres féminas, y se acabó el asunto.

Y así se escribe la historia de la espiral de la violencia en México…

Las opiniones y versiones vertidas aquí no coinciden necesariamente con la posición del medio.

El autor es maestro y doctorante en Políticas Públicas e investigador académico en temas de construcción de paz.

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