Andrés Manuel López Obrador ya se convenció: los morenistas pueden convertirse en los peores enemigos no sólo del partido, sino del proyecto que él quiere inscribir en la historia como la cuarta transformación en la vida pública del país.

Sabe que en el partido Morena son muchos “los ambiciosos vulgares”. Tan lo reconoce y preocupa que ayer, en reunión con sus bancadas en el Senado y la Cámara de Diputados, exigió “mandarlos al carajo”.

Un día antes les había mandado el mensaje: “no manchen el nombre de Morena”; y la advertencia: “renunciaré si lo echan a perder…”

No es para menos la contrariedad del inquilino de Palacio Nacional. En vísperas de su primer informe de gobierno, no fueron los neoliberales del antiguo régimen ni los medios fifís y conservadores los que dieron batalla; fueron los morenistas los empeñados en estropearle el momento.

Y lo peor para el tabasqueño: manchan, enlodan, ponen en duda, desvanecen el principio aquel de que en la autollamada cuatroté lo que menos importan son los cargos; que están ahí por principios e ideales.

¡Sí, cómo no! A ver, que lo digan Ricardo Monreal, Martí Batres, Dolores Padierna, Porfirio Muñoz Ledo, Mario Delgado y todas y todos los que se despedazan por las dirigencias nacional y estatales de Morena. A ver, repitan con su líder: “¡que se vayan al carajo los ambiciosos vulgares!”.

Éntrenle, no sean orgullosos; a ver cómo se les oye. No se apuren: eso de que crece la nariz, sólo es parte del cuento de Pinocho. Repitan: “¡que se vayan al carajo los ambiciosos vulgares!”.

No pueden hacerlo. Un nudo se les hace en la garganta. Se convirtieron, ¡qué cosa!, en una piedra en el zapato de Andrés Manuel.

Pero no entienden… ni entenderán. La ambición los doblega, su vanidad los ciega y el cinismo los entorpece. Léase a Martí Batres y a Ricardo Monreal para confirmarlo:

“He salido con un triunfo moral”, espetó Batres tras conocerse el fallo de la Comisión de Honestidad de Justicia de Morena en el pleito con Monreal por la Presidencia de la Mesa Directiva del Senado de la República.

Pero ojo: ni Batres podrá reelegirse y el proceso tendrá que reponerse. O sea, en pocas palabras: aquello fue un cochinero.

Monreal no quiso quedarse atrás. Para él, no hubo regaño ni llamada de atención. “Lo sentí muy ameno, muy cálido… yo lo sentí muy amable conmigo”.

¡No, pues sí! Que venga entonces el primer informe del presidente de la cuatroté… tienen 48 horas para otro escandalito.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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