Dirán la misa en la espotiza — igualita, por cierto, a la del odiado régimen neoliberal — pero la crisis en que vivimos por la delincuencia, la violencia y la inseguridad debería ocupar el primerísimo lugar de cualquier informe de gobierno. No es posible que seamos un país con más de 3 mil asesinatos al mes, en promedio.

El presidente Andrés Manuel López Obrador, que autodefinió su gobierno como el de la cuarta transformación en la vida pública del país, no ha presentado aún a los mexicanos el plan, estrategia o campaña para garantizar a las mexicanas y los mexicanos su seguridad (personal, familiar y patrimonial), fundamental en cualquier política pública que apele al bienestar.

Tampoco hay mucho que presumir en lo que es procuración de justicia y ejercicio pleno del Estado de derecho. “Si hay que optar entre la ley y la justicia, no lo piensen mucho, decidan en favor de la justicia”, ha dicho el presidente desde el púlpito en que ha convertido sus conferencias mañaneras.

Y sí, el problema es que aquí, en el México violento: ni justicia ni ley, sino todo lo contrario.

La semana pasada, la administración AMLO volvió a evidenciar que carece de una ruta que dé certeza en materia de seguridad. El tema del desarme pactado con grupos armados de Michoacán, Tamaulipas y Guerrero, la confusión generada por la secretaría de Gobernación, el enojo de los gobernadores y, finalmente, la desautorización presidencial a seguir en el diálogo con supuestos grupos de autodefensas, confirmó lo dicho: no saben cómo hacerle.

Siempre la misma carga discursiva: “abrazos no balazos”, “no vamos a resolver la violencia con más violencia”… y la vuelta a la pretendida amnistía.

Cómo estará la ausencia de ideas y propuestas viables que lo más sobresaliente de todo este sainete terminó siendo la mofa que hizo López Obrador del expresidente Felipe Calderón, apodándolo “comandante Borolas”.

En ese nivel se debate en la cuarta transformación cuando de “pacificar al país” se trata. Un mensaje de “pacificación”, por cierto, cada vez más cuestionado y criticado porque, en los hechos, pareciera que las Fuerzas Armadas — ahora encargadas de la seguridad pública — han recibido la orden presidencial de no actuar o hacerlo con pasividad, quedando expuestas al ridículo e incluso al sometimiento de sus agresores.

¡Cuidado, eh! Gran problema se va armar en el país si crece esa percepción ciudadana. Significaría tocar fondo… y ya sabemos lo que puede ocurrir después de eso.

Ese es el punto, la gran crisis que no se puede ocultar ni con la neoliberal espotiza.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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