Tiene razón el presidente Andrés Manuel López Obrador cuando afirma que una buena educación, integral, desde el entorno familiar, debería ser la mejor medida de prevención contra la delincuencia, la violencia y las adiciones. Conmueve así su repetida arenga a los jóvenes a portarse bien, a no hacer sufrir a sus madres, a seguir por el camino del bien y que la verdadera felicidad no está en las cosas materiales.

Hay que ser buenos para ser felices, dice el tabasqueño. Se escucha bien. Bonito.

En ese mismo tono, en la mañanera de este martes, criticó las narcoseries y la apología del “mundo irreal” que ellas transmiten. “Es un estilo de vida ficticio, idealizado; los actores todos galanes, mujeres bellas, carros últimos modelos, residencias, albercas. ¿Ese es el mundo real?”, cuestionó.

Y criticó que no se hable de los peligros que ello conlleva, especialmente el consumo de drogas y la destrucción de la vida de los jóvenes.

Con esos mensajes, confía AMLO y así lo ha dicho, terminará por ganarle la partida a la delincuencia, a los cárteles de las drogas, y recuperar a la juventud mexicana. Se escucha muy bien. Muy bonito. Nadie, absolutamente nadie puede estar en contra de esas apreciaciones y consideraciones. Esa apuesta debe ser la de todos.

Bien, muy bien. Pero el asunto se complica cuando surge la pregunta: ¿cómo, con qué y con quiénes vamos a construir esa sociedad con mejor educación, de y con valores? ¿Cuáles valores, bajo qué principios?

¿Se puede construir un Estado de bondades como sugiere AMLO? ¿Con su maniquea idea de país? ¿Con su sermón de casi todas las mañanas contra los conservadores, los siempre malos de la historia? ¿Con su persistente amenaza: si no estás conmigo, estás contra mí?

López Obrador tiene dividido al país. Le gusta tenerlo así y lo disfruta en esa guerra que él vive todos los días de liberales contra conservadores y en la que él es, por supuesto, guía y gran general del ejército liberal.

Suena, pues, contradictorio. Por decir lo menos. ¿O de qué paz estamos hablando? ¿Pórtense bien y no hagan sufrir a sus mamás? Si eso es neta, pues retransmitamos todos los días y en todos canales las viejas películas de Marga López, otra más de Joaquín Pardavé y ya entrados en gastos, hasta de Pedrito Infante.

¿Qué prefieres ver mi hijito: la familia Pérez o la serie de El Chapo?

Y eso que ya no hablamos ni de acceso a los servicios de salud, a la educación, de las oportunidades de empleo bien remunerado, de las diferencias entre el campo y la ciudad, de la desigualdad entre una región y otra…

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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