Cada año, en cada temporada de lluvias, vemos las mismas escenas: avenidas y viviendas inundadas, familias tratando de salvar su patrimonio (cuando pueden y lo que alcanzan) y si las lluvias se convierten en tormentas por el acecho de un huracán, la devastación puede abarcar regiones completas, rurales y urbanas.
Generalmente, ese tipo de contingencias ambientales, nos echan en cara que los pobres siguen siendo pobres y lo serán aún más; que los programas de atención a víctimas por desastres siempre se improvisan y carecen de fondos presupuestales adecuados; que las ciudades crecen en el desorden, y que la asignación de recursos para obras de corte social son sólo parte del decorado para el lucimiento social.
Hay que ver lo que ocurre en prácticamente todo el país. Aquí en Michoacán, tocaron a la puerta los primeros avisos: el sábado inundaciones en Jiquilpan por una tromba; el domingo, las tormentas, accidentes y afectaciones viales fueron en Zamora y Morelia, donde una vetusta vivienda incluso colapsó.
Se dice, y no sin una dosis de razón, que frente a los fenómenos naturales no hay defensa ni programas que alcancen. Ahora sí que ni aquí ni en China. Pero…
Pero en el caso de México estamos ante otra realidad, porque resulta que suman miles y miles (¿millones?) las personas que viven en condiciones precarias y de alto riesgo por las lluvias; que mezquinos intereses económicos y políticos han provocado la proliferación de asentamientos humanos irregulares, en los que escasean todos los servicios; que los sistemas de drenaje son, en muchos casos, ya obsoletos; que se ha permitido la inversión en desarrollos inmobiliarios que incumplen con los planes de ordenamiento urbano y usos del suelo, y que incluso hay una supina incapacidad hasta para proponer un, más o menos, eficiente programa de bacheo.
Es entonces que cualquier fuerte lluvia se nos vuelve un desastre. Así estamos y que Dios nos agarre confesados en el caso de un huracán o cualquier otro fenómeno natural.
La realidad obliga… o debería obligar a ver hacia otro tipo de desarrollos. De lo contrario, las mismas escenas se seguirán contando y reproduciendo cada año, en cada temporada de lluvias.
Con la misma historia y argumento final. Y sin disponer recursos tampoco para atender los desastres ni a los afectados.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







