La apertura a la militancia de la elección de la nueva dirigencia nacional del PRI ha dado resultados completamente diferentes a los proyectados y todo apunta a que de esta experiencia el tricolor saldrá aún más desacreditado de como llegó.
Desde que empezó esta historia dijimos que terminaría mal. No nos equivocamos. Los priistas no sólo no entienden que no entienden. No tienen remedio, rehenes de su pasado.
Y la sombra del fraude que no los deja; y la del sometimiento a la figura presidencial que los asusta. Esa es la marca de su proceso para elegir al nuevo dirigente nacional: Alejandro Moreno Cárdenas o Ivonne Ortega. No hay otra alternativa: el doctor José Narro Robles se bajó a tiempo de la contienda y la joven Lorena Piñón es aprendiz entre viejos lobos de mar.
Las encuestas, sus encuestas, indican que es de Moreno Cárdenas la ventaja. Pero no precisamente por arraigo o liderazgo entre los priistas; mucho menos por su fuerte presencia y credibilidad; no, la fuerza del gobernador con licencia de Campeche es que los gobernadores del PRI se aliaron y apuntaron (todos) hacia a él; su fortaleza es que es “buen interlocutor” con el presidente Andrés Manuel López Obrador y que “se entienden bien”.
Hablan Narro y Ortega: la convocatoria a una elección abierta, suena a simulación; más parece una trama a la vieja usanza, en la que la cúpula es la que decide. Por las malas y de vez en cuando por las buenas.
Y si el proceso de elección de dirigente es una farsa, afuera los priistas viven un drama: practicante no hay día en que no surjan nuevas revelaciones sobre la corrupción que los atascó y enlodó a todos en el sexenio pasado.
Han sido para los priistas semanas y meses aciagos. La fuga de Emilio Lozoya, el ex director de Pemex acusado por sobornos, fraudes y lavado de dinero; las sospechas sobre el ex presidente Enrique Peña, que lo obligaron a abandonar el país; la captura y encarcelamiento del abogado Juan Collado; los escándalos de Javier Duarte, y las nuevas acusaciones contra César (el otro) Duarte, lo manchan todo. Asoma la tragedia.
¿Puede alguien creer en ese priismo y su renacimiento? Sí… los Reyes Magos no existen.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







