En Baja California el gobierno de la cuarta transformación ve y deja pasar. Nadie dice nada, ni sobre el muy rico Jaime Bonilla y sus intentos por comprar una gubernatura de cinco años ni sobre la escandalosa corrupción que se denuncia en esa operación: un millón de dólares a cada uno de los 25 diputados locales de esa entidad. Eso se dice, porque es lo que ha trascendido y no ha sido suficientemente desmentido.

Por eso a Bonilla le vale un cacahuate lo que digan o escriban de él. Ya mandó al diablo -así se dice cuando así ocurre y así ocurrió- al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas; al presidente de la Cámara de Diputados, Porfirio Muñoz Ledo; a las dirigencias nacionales de PAN, PRI, PRD y MC; a intelectuales, académicos, consejeros electorales…

El único que podría frenar la ambición de Bonilla y darle una salida algo digna despacha en Palacio Nacional. Pero no. Que decidan los tribunales. Salida jurídica, pero no, nunca será esa una opción que dignifique la política ni enaltezca aquello de la “transformación de la vida pública en el país”.

Olvidémonos incluso por un momento de la amenaza que muchos ven de convertir la Ley Bonilla en una práctica extensiva. No, no hay amenaza de ampliar otros mandatos. Hagamos a un lado esa idea. Pero…

¿Y la muy probable corrupción que en ese lance apesta? ¿La dejarán pasar sin decir nada, sin condenarla?

Ahora mismo se habla mucho de los sobornos descubiertos y que tienen huyendo al ex director de Pemex, Emilio Lozoya, y en ascuas al ex presidente Enrique Peña Nieto; un video también ha revivido el tema de las extravagancias y desvaríos del ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte.

Pregunta: ¿hay alguna diferencia entre ellos y Jaime Bonilla? Unos, los priistas, compraron casas, yates y aviones; el otro, el morenista, salió de compras por una gubernatura de cinco años. Después comprará el menaje, que al fin dinero es lo que sobra.

Bonilla será gobernador a cuenta de billetazos: un millón de dólares por cada diputado local de Baja California. ¡Viva la cuarta transformación!

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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