Alfonso Romo, Jaime Bonilla y Carlos Lomelí, empresarios los tres y hasta hace unos meses ejemplo de la apertura, pluralidad, certeza y confianza que podía generar el gobierno de Andrés Manuel López Obrador han provocado verdaderos socavones en la pista de la cuarta transformación.

Ninguno de los tres se salva; y del encanto que llegaron a provocar, incluso, entre algunos conspicuos de la izquierda, hoy priva la decepción. Romo, Lomelí y Bonilla son de los personajes del círculo lopezobradorista más cuestionados, y el poder e influencia que alcanzaron generan muchas dudas, preguntas todas relacionadas con el financiamiento de campañas y los conflictos de interés: sí, señoras y señores, el negocio de la política. O la política al servicio de los negocios. Como sea. Como guste y mande.

Cercanía con el líder, influencia y poder no menores. Para nada. Romo fue el confidente de la campaña, con Bonilla hubo viajes para ir a disfrutar del béisbol de las Grandes Ligas, y Lomelí, compañero de ruta desde 2006.

Y llegaron al poder: Romo es, mi más ni menos, jefe de la Oficina de la Presidencia; Bonilla, gobernador electo de Baja California y dueño (por el poder del dinero) del Congreso de esa entidad, y Lomelí era hasta el fin de semana pasado “súper delegado” en Jalisco, entidad que aspiró a gobernar.

De los tres, Lomelí cayó de la gracia. Empresario farmacéutico, sus oscuros negocios denunciados en la venta y distribución de medicinas en el sector público destaparon el primer caso de corrupción en la cuarta transformación.

Así es, señoras y señores, la corrupción hizo su aparición en el nuevo régimen. Ni hablar. ¿Eres tú Carlos? Porque la investigación amenaza con ventilar algo más que un cochinero. Bueno, si no hay la orden de frenarla.

“Irán al bote” los corruptos, prometió en Michoacán el presidente. A ver.

Bonilla. Sencillamente es impresentable. ¿Cómo está eso de querer comprar gubernaturas de cinco años cuando fue electo para un periodo de 24 meses? ¡Ah! Otra vez la corrupción.

¿Por ahí va la transformación de la vida pública del país? Porque este personaje, Bonilla, será gobernador, por dos o cinco años, pero será gobernador de Baja California. ¿De qué se trata? ¿No les da vergüenza?

Y finalmente Poncho Romo. Ya lo dijo Urzúa: ronda la Oficina de la Presidencia el conflicto de interés: el gran empresario con el control del SAT y de la Banca de Desarrollo. ¡Ah! La cuarta transformación.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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