Andrés Manuel López Obrador desprecia a la Policía Federal. Lo dijo siendo candidato; luego como presidente electo, y ha crecido ese desprecio ya como mandatario en funciones. Mil interpretaciones puede tener el político para vilipendiar a la corporación, pero había razones de Estado para que el jefe del Ejecutivo cuidara más las formas, y el fondo, en el trato con la que, le guste o no, es (o era) la única policía civil con carácter nacional, a la que se le habían invertido, además, miles de millones de pesos en capacitación, equipamiento y mejora en condiciones laborales.
Y después de tanta humillación pública y desdén institucional, el conflicto estalló: la crisis es laboral, es de seguridad y, claro, también político.
¿Hay mano negra, como acusa López Obrador para desacreditar las protestas de los federales? Si eso afirma el presidente, lo más deseable es que cuente con la información precisa sobre este complot, diga nombres de los instigadores y se señalen responsabilidades.
No es menor el tema. Ni puede quedar sólo una escaramuza pública; en hoguera de mañanera, o rumor de video en redes sociales.
Se trata de la Policía Federal (la corporación nacional que en los últimos años ha tenido la responsabilidad del combate al crimen organizado) y de la creación de la Guardia Nacional, la fuerza integrada por militares, marinos y federales para hacerse cargo de la seguridad pública en el país.
Ni una puede desaparecer así nomás, en medio de fuertes acusaciones presidenciales y de un conflicto que empieza por lo laboral y alcanza niveles de seguridad nacional; ni la otra puede nacer y desarrollarse, cuando una de las tres instituciones que le darían forma, rechaza su incorporación.
Ahora las preguntas qué fue primero, ¿la mano negra o el desprecio y la humillación pública?
¿O es de un sólo perverso la mano y la humillación?
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







