Es inevitable. Y después del fastidio y el cansancio, lo que sigue es el hartazgo y la decepción.

A punto de cumplirse el primer aniversario de su histórico triunfo electoral, y ya con siete meses efectivos de gobierno, Andrés Manuel López Obrador debe asumir que los problemas del país ya corren a cuenta de su llamada cuarta transformación: que ya no se trata sólo de repartir culpas al pasado (que sí las hay y son muchas), sino de plantear y echar andar soluciones, que además respondan a las muchas expectativas por él mismo generadas.

Y con la pena, pero llevamos siete meses escuchando la misma evasiva: todo es culpa de los gobiernos pasados, es muy grande el cochinero que dejaron, una tragedia en el caso de la inseguridad, la violencia y los miles de desaparecidos.

Eso es cierto. ¿Y? Pues por eso se optó en 2018 por el cambio, para tener un gobierno de mejores resultados, que pusiera orden en la casa que es de todos.

¿Qué tenemos? Un presidente que sigue en campaña; un país polarizado y confrontado (gustosamente por el propio presidente); inseguridad, homicidios y secuestros que se enquistan en el infierno de la impunidad y la incapacidad de quienes deberían estar a cargo de la seguridad de los ciudadanos; desempleo a la alza; caída en la inversión; combate a la corrupción y austeridad que apuntan a ser fantasiosos y selectivos cuentos del oficialismo… y así hasta llegar a los muchos días que hemos pasado distraídos todos y todas con las ocurrencias presidenciales: a veces contra la prensa fifi y conservadora; otras contra los neoliberales y la mafia en el poder (que revive cada que lo necesita en su estrategia de comunicación), y algunas más por sus consultas a mano alzada en mítines para decidir asuntos de gobierno e incluso de Estado.

Para complicar más el escenario, se nos impuso desde el norte un “acuerdo migratorio” que amenaza con convertirse en un gran problema de refugiados con tintes de crisis humanitaria, que el gobierno mexicano difícilmente podrá atender: no hay recursos, ni infraestructura ni organización suficientes, en tanto que la delincuencia organizada se vuelve un factor de desestabilización aún más grave.

Hasta cuándo entonces aceptará López Obrador que los problemas son de su gobierno y que para eso, para ver resultados, votaron por él más de 30 millones de mexicanas y mexicanos.

La popularidad no basta y no es producto sin fecha de caducidad.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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