Dirán que sí, unos, y otros dirán que no, pero el caso es que las resoluciones judiciales que se han dado, unas para impedir el inicio de trabajos para construir el aeropuerto de Santa Lucía, y otras dirigidas a evitar la desaparición total (se querían inundar) de las obras de la terminal aérea de Texcoco, despiden un tufo a negociaciones, ahora sí que al más alto nivel, con un final de pronóstico reservado.

Es más, la forma como ha reaccionado el presidente Andrés Manuel López Obrador para desacreditar a los empresarios y organizaciones civiles que han promovido los amparos, así como a los jueces que los han concedido, no son sino señales de que al mandatario le incomoda estar bajo esa presión y soterradas negociaciones en las que, todo apunta, están inmiscuidos conspicuos personajes de la cuarta transformación, que nunca estuvieron de acuerdo con la cancelación del nuevo aeropuerto internacional de México (NAIM).

No estuvieron de acuerdo ni con las formas (una consulta mal organizada, al vapor y muy manipulada) ni con el fondo: la desconfianza que dicha decisión provocó entre el sector empresarial, desde el inicio mismo de la administración de López Obrador.

Y no, no es sólo el jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo Garza, quien nunca estuvo de acuerdo con la mentada consulta ni con sus resultados. Hay incluso senadores y diputados federales del partido Morena que han mantenido interlocución con los empresarios que aún mantienen la esperanza de revivir el proyecto de Texcoco.

El propio Ejecutivo federal no ha podido evitar que el aeropuerto de Texcoco y la “inviabilidad del plan Santa Lucía” sea tema recurrente en las reuniones privadas que sostiene con empresarios: las resistencias a la cancelación del NAIM han marcado la agenda.

Los tiempos, además, han favorecido a quienes creen que pueden rescatar la inversión: la desaceleración económica, las malas cuentas del gobierno de López vistas por las calificadoras internacionales, los obligados recortes en el gasto público, la caída en las perspectivas de crecimiento y, para colmo, las presiones comerciales de Washington por el tema de la migración centroamericana, son puertas abiertas para una negociación.

Porque a López Obrador le ha quedado claro que necesita de los empresarios y que poco podrá avanzar de mantener su actitud de choque y confrontación con los empresarios.

De pronóstico reservado, pues, las negociaciones que vienen. Y que marcarán, además, el rumbo que habrá de tomar el país en los próximos años.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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