La semana pasada fue rica en situaciones, dichos y hechos que evidenciaron el malestar presidencial, por un lado, y reafirmaron, por otro, el hiperpresidencialismo por el que transita la llamada cuarta transformación.
Muchas dudas genera, además, la composición del gabinete de Andrés Manuel López Obrador, sobre todo en torno al convencimiento de sus integrantes en el proyecto político y de gobierno del tabasqueño, y en cuanto a la convicción con la que asumen, día con día, su responsabilidad en los programas, planes y acciones que se anuncian en las mañaneras.
Notorio ha sido, incluso, el desconocimiento de los secretarios de Estado de algunas decisiones que anuncia el presidente y lo mal parado que quedan cuando no saben ni qué decir sobre temas de los que apenas y conocen.
El más reciente y sonoro fue el del mismísimo secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, quien el día (13 de mayo) que se anunció el plan para la refinanciamiento de Pemex con una línea de crédito solventada por la banca privada, contestó con un lacónico “no sé” a la pregunta sobre los intereses que se tendrían que pagar.
Ya luego trascendería (para eso de los trascendidos la 4T se pinta sola) que si Urzúa no sabía, fue porque quien realmente operó y dio forma al plan de financiamiento fue el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard.
Pero vayamos a las situaciones, dichos y hechos exclusivos de la semana que recién concluyó. El martes, Germán Martínez presentó su renuncia a la dirección general del IMSS y en una larguísima carta de explicaciones, detalló la “perniciosa injerencia” de Hacienda en el instituto y lo más grave: dio cuenta de cómo los recortes presupuestales estaban ya causando estragos en la atención y los servicios médicos a la población derechohabiente, así como en el abasto y distribución de medicinas.
La reacción del presidente no se hizo esperar: unas horas después de la renuncia de Martínez y al siguiente día, descalificó los argumentos del ahora ex funcionario e incluso lo criticó por su falta de carácter y por no haberse rebelado ante Hacienda. Sus personeros, en tanto, se encargaron de acusar al ex titular del IMSS de “traidor” y mal servidor público.
Nada de lo que acusó Martínez Cazares fue aceptado. El presidente, como siempre tiene otros datos. Y endureció su posición contra los medios, por andar “inventando” que hay desabasto de medicinas y recortes en el sector salud: de ser fifis, pasaron a ser los periodistas unos “hampones”
Desató su ira entonces en el “hampa del periodismo”, dándose a conocer una lista -muy parcial- de periodistas y conductores de noticieros de radio y televisión que cobraron por publicidad en el sexenio pasado.
López Obrador, que tanto cita aquello de que la calumnia tizna cuando no mancha, se las aplicó a los 36 periodistas y conductores señalados.
El “golpe al hampa del periodismo” no surtió los efectos esperados, sin embargo; el escándalo por los recortes al sector salud creció y ya fue imposible pararlo cuando, el viernes, los directores de los institutos nacionales de salud fueron a la Cámara de Diputados a pedir a los legisladores de Morena mediar ante el presidente: en lo que va del año dejaron de recibir 2 mil 300 millones de pesos, documentaron.
Al día siguiente, sábado, “milagrosamente”, la secretaría de Hacienda descongeló y liberó 2 mil 400 millones de pesos para salud.
El presidente ya estaba enojado. La realidad -esa con la que todos los días se pelea- lo había obligado a recapitular.
Y más se enojó cuando en la misma noche del viernes le reportaron algunos tuits de pasajeros de Aeroméxico informando que por “órdenes presidenciales” se demoraría el vuelo nocturno de esa aerolínea a Mexicali.
Pero no fueron órdenes presidenciales las que retrasaron el vuelo, sino el “influyentismo” de la secretaria de Medio Ambiente, Josefa González-Blanco y Ortiz-Mena (así de pomposo se escribe el nombre), quien llamó a un “alto ejecutivo” de la compañía para pedirle que detuviera el vuelo y que la esperaran…
Estalló López Obrador. La misma noche llamó a la influyente señora, le pidió una explicación y le “recomendó” presentar su renuncia al gabinete. La expulsión de doña Josefa quedó registrada el sábado 24 de mayo.
Ufano, el presidente la exhibió en la plaza pública. El despido de doña Josefa fue puesto como ejemplo de que no tolerará la prepotencia ni el influyentismo.
Pero el presidente seguía enojado el sábado por la tarde. Y otra vez contra el “hampa del periodismo”, contra sus críticos y opositores, que “gritan como pregoneros, cuando antes callaban como momias”.
A ellos les advirtió: yo también se gritar… “y a ver quién se cansa primero”.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







