Estaba salada y la regresaron; lo que resultó, después, muy desabrido. Finalmente se les quemó. Muy malos los chefs, las recetas muy viejas e ingredientes de pésima calidad. Resultado: un platillo del que nadie quiere probar. Un desastre.
En eso quedó la mal llamada abrogación de la mal llamada reforma educativa. Una mala pasada para todos.
Curioso, por no decir preocupante, cómo empiezan a contarse las cosas del sector educativo en el gobierno autoproclamado de la cuarta transformación: nadie sabe, nadie supo. Venga un memorándum: nada vale, todo estorba. Hagamos las cosas como se hacían hace diez años. Luego van a decir que mejor cómo se hacía hace veinte, y treinta y cincuenta. Y así.
¡Qué tanto es tantito! Si el Plan Nacional de Desarrollo está basado en el proyecto liberal del floresmagonismo de 1906, pues por qué no ir a copiar el sistema educativo también de principios del siglo 20. O mejor del siglo 19. Ahí la llevamos.
Pero a lo qué íbamos: están hechos bolas con el tema educativo y la verdad no se ve que tengan muy claro en Palacio Nacional qué harán, sobre todo, con sus relaciones con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).
No hallan los modos ni las formas: lo que a los sindicatos se les ofreció en campaña fue mucho; lo que se les quiere dar ahora, no satisface sus ambiciones. Ahí están atorados.
Y será el sereno, pero el caso es que el magisterio disidente ya no sólo tiene secuestrado el sistema educativo, también tiene sometido al Legislativo. Y si alguien no lo cree, que presente las pruebas de lo contrario.
Porque los hechos son contundentes y lo ocurrido con en tema de la mal llamada abrogación de la mal llamada reforma educativa, nos permiten afirmar con todas sus letras: el poder Legislativo quedó maniatado, ridiculizado entre el fuego cruzado de Andrés Manuel López Obrador y la CNTE.
La Cámara de Diputados y el Senado de la República quedaron exhibidos: ni sus tiempos son suyos. Pertenecen al Presidente de la República… y a la Coordinadora.
En fin. Pongámosle nombre a la historia: “el sector educativo en México: nacidos para perder”. Pudiera ser.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







