Luego entonces: parece que no entienden. Ni entenderán. Cierto que heredaron “un cochinero”, y que la violencia y los miles de asesinatos no pueden ser atribuidos a la responsabilidad del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, a punto de cumplir cinco meses, pero…

Pero ahora él tiene la responsabilidad de gobernar y de limpiar el “cochinero” que dice haber recibido. Y la mera verdad no se le ven trazas. Las buenas intenciones -que nadie duda tiene- no son suficientes y estar culpando al de atrás de todos los males habidos y por haber, además de chocante, se escucha ya no como una explicación, sino como un pretexto, una cortina para ocultar incapacidades propias.

No es que alguien en su sano juicio creyera el cuento ese de que desde el primer día se iba a notar el cambio y nomás con su sola presencia (la de AMLO) temblarían los malosos; pero fue tanto lo prometido, que sí se llegó a creer que desde los primeros días se notaría una nueva estrategia, bien estructurada y mejor accionada, contra la delincuencia, que pusiera un freno a la barbarie en el país.

Por eso, a final de cuentas, votaron los 30 millones de mexicanos que hicieron presidente a López Obrador. Por un buen gobierno. Nada más y tampoco menos. Y exigir, demandar ahora que cumpla, no es una trampa neoliberal ni del ejército conservador que alucina el tabasqueño; es una necesidad que hay en México, una esperanza, precisamente por los decepcionantes gobiernos de sus antecesores.

Eso debieran entender en Palacio Nacional. El problema no es el neoliberalismo, ni los conservadores, ni la llamada prensa fifí. Esos son molinos de viento muy buenos para el café y las sobremesas; no dan para más, en realidad.

El problema es que no se ve clara una estrategia para enfrentar el principal mal de los mexicanos; el pesar es que ya pasaron cinco meses, y nos venimos a dar cuenta que López Obrador y su equipo, o no tenían ni idea de la dimensión de la crisis o nunca se preocuparon por preparar un plan para enfrentarla. ¿O las dos cosas? Grave, muy grave de cualquier forma.

Ese es el punto: la inseguridad amenaza, asfixia, agobia. Y si el presidente López Obrador no lo entiende y cree que todo es una trama del pervertido ejército conservador que pretende boicotearlo (como asegura su incondicional Epigmenio Ibarra), pues entonces sí… todos a rezar.

Pero los rezos, las citas bíblicas y los sermones, no bastan. Y eso tampoco lo entienden.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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