Entre memorándum, paráfrasis de sermones de la montaña, nuevos y encendidos ataques a los conservadores y la arenga a mantener vivo el debate sobre la conquista y el perdón de los conquistadores terminamos la Semana Santa sin espacio ni lugar para la paz: en el México real hay violencia, mucha violencia. Violencia sin freno.

Todos los días ocurre, pero hay atrocidades que rebasan lo visto 24 horas antes: en Minatitlán, Veracruz, en pleno viernes santo, un comando irrumpe en una fiesta familiar y da a muerte a 14 personas, entre ellas un bebé. Relatos de sobrevivientes son escalofriantes.

Entretanto, el secretariado ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública informa: el primer trimestre de 2019 es el más violento de la historia en nuestro país con 8 mil 737 homicidios dolosos. Son las cifras oficiales. Aterradoras.

Ese es México, cuyas policías y fuerzas armadas, además, serán denunciadas ante la Organización de Naciones Unidad (ONU) por tortura sexual. Un grupo de ONG tienen listos los expedientes para presentar en el foro mundial: la tortura sexual para arrancar confesiones y llenar carpetas de ‘investigación’ es práctica común. Una vergüenza. Otra más.

Ese es México, por si faltara algo polarizado, confrontado, dividido, estigmatizado entre bandos que se creen todos buenos para descalificar a los otros por malos. Patética discusión. Insufribles e insoportables sus pregoneros.

¿Qué hay que hacer? ¿Nos seguimos peleando? Porque, la verdad, no estamos haciendo otra cosa. Y así ya llevamos muchos, muchísimos años. Tiempo perdido.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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