Hablamos de que el primer trimestre de 2019 será el periodo más violento y con mayor número de homicidios de los últimos 20 años (un promedio de 80 al día, según los reportes oficiales preliminares que se conocen) y reconocemos que no tenemos los cuerpos de seguridad adecuados, ni en número ni en preparación; convenimos todos que desde 2006 (cuando se declaró la guerra al narco) la criminalidad se convirtió en el peor de los males para los mexicanos, y alertamos sobre la carencia de una estrategia e instituciones confiables para garantizar la paz, la tranquilidad y los derechos humanos en el país.
Es decir, si en términos generales, nos atenemos a los diagnósticos que se hacen sobre la seguridad pública en México, deberemos de concluir que vamos de mal en peor o que estamos en ceros.
Si no, basta escuchar las conclusiones que presentó la alta Comisionada de la ONU en Derechos Humanos, Michelle Bachelet, tras su reciente visita: las cifras de muertes y niveles de violencia en México son similares a los de un país en guerra.
Así podríamos pasarnos las horas y los días haciendo el fatal recuento y reproduciendo cada uno de los diagnósticos que se han presentado cada mes, cada trimestre, cada semestre, cada año. Una sola conclusión, siempre: vamos de mal en peor o estamos en ceros.
Todo lo anterior hay que tomar en cuenta a la hora de abrir el debate sobre la creación de la Guardia Nacional y el nombramiento -hecho este jueves- del general de brigada Luis Rodríguez Bucio como su primer comandante.
La hoja de servicio del militar es impecable; su preparación, capacitación, responsabilidad y trabajo en tierra reúnen un currículum impresionante. Experto en logística, planeación y estrategia, inteligencia y combate a la delincuencia organizada. Eso representa el general Rodríguez Bucio.
Sin embargo, se le descalifica a priori. ¿La razón? Es militar y hay temores y señalamientos (fundados y no) de que la militarización de la seguridad pública será casi una catástrofe para la República. Repudian organizaciones civiles y defensoras de derechos humanos la decisión de Andrés Manuel López Obrador de poner en manos de la milicia la seguridad de las y los mexicanos.
Cierto que en todo ese tema de la seguridad al presidente López Obrador la madeja se le enredó de más y no halla aún la punta de la hebra; cierto que en campaña prometió el regreso de los militares a los cuarteles, y muy cierto que en la aprobación de la iniciativa para crear la Guardia Nacional, muchos se adelantaron -sin leer ni el mensaje ni mucho menos el dictamen aprobado por el Legislativo- y festinaron que una nueva corporación tendría mando civil.
Aquí lo dijimos desde el primer día: se están engañando con la verdad. La iniciativa a la que se sumaron todos (hay que recordar cómo celebraron el acontecimiento analistas, periodistas y políticos) dejaba abierta la posibilidad al presidente de nombrar a un militar al frente de la Guardia Nacional.
Era lo lógico. Así ocurrió. López Obrador había dado muestras, entre tanto, de que la visión que tuvo como candidato sobre la inseguridad estaba, si no equivocada, sí sesgada, y desde los primeros días de su gestión dio señales de su predilección por las Fuerzas Armadas para enfrentar el flagelo.
No le quedaba de otra, además: los ciudadanos de las regiones, municipios y comunidades más lastimadas por la violencia y la delincuencia no confían en las policías estatales y mucho menos en las municipales; quieren a los soldados y a los marinos en sus localidades. Esa es la realidad.
Tampoco tenia alternativas: los gobiernos estatales no cuentan con corporaciones policiacas suficientes en fuerza, número y capacitación para hacer frente al problema. Ellos también claman por la presencia militar en las estrategias y acciones contra la delincuencia.
¿Entonces? Vamos de mal en peor o estamos en ceros. Se cuentan ya 20 años de fracaso tras fracaso.
Si esa es la conclusión y no hay otra, apostemos por la Guardia Nacional.
Sí, también es cierto: no se ve una estrategia clara, pero…
Pero estamos en ceros. Y hay que empezar a hacer algo.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







