El caso es que estamos llevando los niveles de confrontación a escenarios nunca vistos. Las consecuencias están por verse, pero pueden resultar funestas para el país, sobre todo porque la escalada parece ser parte de una política de Estado, pensada y ejecutada desde el poder.

Los demonios de la violencia política andan sueltos. Eso es un hecho. Y no hay día que no aparezcan nuevos y más feroces y se arrimen más leños a la hoguera.

Pueden ser las ‘mañaneras’ del presidente; un mitin; una sesión en cualquiera de las cámaras del Congreso de la Unión o de los Congresos locales; algún video o mensaje difundido en las redes sociales; la delación de episodios, intrigas, conversaciones y chats… en fin. Hay variedad de armas para el ataque y un solo menú para los combatientes: sapos. Y a ver quién come más sin atragantarse, como dicta la máxima de la política nacional.

¿A quién o a quiénes conviene un país crispado y dividido? Difícil creer que se trata simplemente de una sucesión de hechos que no encuentran acomodo en este inicio de nuevo régimen.

Difícil no creer que se trata de una muy -¿bien?- planeada jugada de los estrategas de la Cuarta Transformación que buscan cruzar así el primer tramo del sexenio de Andrés Manuel López Obrador.

No se necesita mucha imaginación para adelantar algo de lo que puede ocurrir en caso de que se diera el siguiente paso de esa no descartada estrategia: su regionalización. Los procesos electorales se convertirán en auténticos muladares, berenjenales en los que reinarán la estulticia y las intrigas conspiracionistas.

¿De eso se trata? ¿Por ahí va eso de revivir la lucha de liberales contra conservadores? ¿Y todo ese rollo del “pueblo bueno”? ¿Y la discriminante definición de lo fifí?

Porque ni modo de creer que son ingenuos y que no ven lo que están viendo, ni saben lo que hacen ni piensan lo que hablan.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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