José Cacho – Morelia, Michoacán

A dos semanas de cumplirse el desabasto de gasolinas en Morelia, cientos de ciudadanos pasan la noche en sus vehículos en las filas cercanas a las gasolineras, en espera de la llegada de la pipa para surtir sus tanques.

Son las 4:20 de la mañana, hora en que salimos para formarnos en la fila de la gasolinera establecida en la avenida Amalia Solorzano, en el poblado de Flor de Durazno, en el sur de Morelia. Un café, un refresco, cigarros y unas cobijas acompañan nuestra velada, misma situación de otros conductores, quienes yacen dormidos desde horas atrás en sus vehículos.

En otras estaciones a la redonda, es la misma historia: filas de carros durmientes en espera de la pipa. Es hora de formar parte de la cola y esperar.

Al cabo de media hora, el ruido del camión cisterna de Petróleos Mexicanos despierta a los conductores de su plácido sueño, pues llegó a la estación a cargar.

Esa sensación al ver llegar el camión, antes de conciliar el sueño de nuevo, es indescriptible. Una conductora se empareja a mi vehículo y me pregunta sí es la gasolinera “Flor de Durazno”, yo le afirmo que sí y que la luz al fondo, a 500 metros, es la sagrada estación de servicio. Ella me responde que venía siguiendo a la pipa, pues el conductor le dijo que iba a este rumbo.

Ya en la plática con la misma señora, relata que viene con su vecino desde la zona de Ocolusen. Venían desilusionados porque en la gasolinería de San Rafael la fila era kilométrica y al regresar a su casa se encontraron con la sacrosanta pipa, alcanzaron a preguntar al chofer y él les avisó que venía a descargar a este escondido oasis de combustible refinado.

Después de un rato, la señora me pregunta si podía ir a la estación a ver sí había fila de garrafas, pues en algunos lados ya está prohibido esta práctica y quería junto a su vecino llevarse una reserva por si las dudas, pues no sabe cuándo podrán ir a cargar de nuevo, ya que ella tiene una camioneta con tanque grande, así que accedo a caminar a la estación, para matar el tiempo.

Estamos a siete grados y el frío se siente en el vehículo. La cobija ayuda a mitigar esa sensación, pero afuera el clima quema mientras camino a la pequeña gasolinera, mientras los demás que van despertando a estas horas en sus vehículos esperan que el camión termine de descargar y se abra el servicio, para regresar a casa a descansar en una mejor cama y no en el asiento del carro.

Pensaba dormir, pero el sueño se me fue, de regreso a mi carro. Pensé en estar a las vivas para mover el carro, pues en un mal escenario, sí me quedo dormido, perdería mi lugar si alguien se metía, pero esa idea se va después de fumar un cigarro y tomar el café que mi mujer me preparó antes de salir.

Un camión que viene en sentido opuesto, en la avenida, sirve de despertador para todos, pues en su maldad toca el claxón de su unidad sin cesar, anunciando su paso, lo que ocasiona que muchos se bajen de su vehículo somnolientos, mientras que el conductor del camión se divierte con su treta, y pasan camionetas jalando con cadenas otros carros que se quedaron sin gasolina y unos más que buscan algún rincón oscuro dónde hacer una parada técnica.

Empiezan a rumorar entre los presentes que abrirán a las 6:30 de la mañana, mientras los gallos se escuchan cantar a lo lejos. “Falta poco, aguanta”, me digo estando en la fila aún estática, que crece más y más con vehículos que llegan tras de mí, pues la avenida que estaba tan vacía, se llena de más gente, y de ser el último de la fila, ya estoy a la mitad de esta, con lo que me siento afortunado de haber madrugado, pero desvelado, sin dormir, mientras ya caminan algunos para hacer la fila de garrafas, para apartar para la semana.

Me salgo a fumar un cigarro. Un señor que camina a su carro me ve y me pide un cigarro. Se lo doy y ayudo a encenderlo. Me agradece mientras en su caminar me dice:

“¡Pinche frío, lo que debemos soportar, mientras que aquel (Andrés Manuel López Obrador) prometió que iba a dar las gasolinas baratas y ve qué chingaderas estamos viviendo”, reprochaba mientras sacaba el humo de su boca.

Cerca de las 6:00 de la mañana, la estación cobra vida. El encargado de este lugar empieza a dialogar con los presentes:

“Conforme vayan llegando se atiende. No se vale que se meta el primo, el tío o hermano, esos que se formen hasta el final de la cola.

“Si se pelean, paramos de despachar; si se organizan y numeran, a todos les va a alcanzar la gas, nada más que llegue la muchacha que los va a enumerar, pues quizás se atienda un vehículo o garrafa por persona”.

Mientras, los carros sedientos de gasolina avanzan lentamente, al mismo paso de aquellos que mueven sus bidones.

Pasa media hora y comienza la gente a gritar que avance, para evitar que la gente se meta, que ya arrancaba el abasto de combustible, mientras en el camellón circulan los primeros deportistas matutinos, pues ya en el horizonte se muestran los primeros rayos del amanecer. Ya transcurrieron dos horas en la fila, que avanza paulatinamente, y ya siento más cerca el olor de la gasolina.

En mi mente escucho ya las notas de We are the Champions de Queen, porque en unos minutos más abasteceré mi tanque con ese anhelado combustible, y la desvelada tendrá sus frutos, ante estos días de sequía, de esa mala, y que muchos ahí tenemos que sufrir, para no quedarnos varados.

Después de dos horas y media, ya veo el letrero de Pemex, como si anunciara la salvación, donde el encargado distribuye a los siguientes privilegiados que esperaron hasta más de 8 horas para saciar la sed de sus motores. En mi caso, me toca la bomba número 6 en el paraíso gasolinero. El despachador, amable, dice que sólo hay Premium y que se puede cargar hasta 700 pesos. Ni modo.

“Póngale 500 pesos y una persinada” le digo.

Salgo de la estación de servicio, a las 7:00 de la mañana, con tres cuartos del tanque lleno y con el bello amanecer en el horizonte, que anuncia un nuevo día, con una fila que alcanza a llegar hasta dos kilómetros de ahí.

Los salientes nos sentimos victoriosos y ahora hay que conciliar el poco sueño que podamos recuperar.

Así tras casi tres horas, de soportar frío, la desmañanada, en una espera lenta durante la madrugada, nos vamos con 500 pesos de gasolina Premium, que representan 23 litros. De eso a nada, unos días más para moverse y sobrevivir ante este desabasto, producto de la estrategia de combate para evitar el robo de gasolinas, que en el retraso de su distribución, que ahora es por pipas y no por los ductos, ocasiona que todas las noches, cientos de morelianos se conviertan en noctámbulos desesperados por cargar su tanque, en una incertidumbre sin respuesta de cuándo se normalizará el abastecimiento de estos insumos en la capital michoacana.

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