Wendy Rufino / ACG
Morelia, Michoacán.- En zancos, con su sombrero, lentes de sol y camisa floreada, se puede ver a El Tona clavando su sonrisa en los parabrisas que recorren l avenida Nocupetaro, mientras su figura esbelta y alargada resalta en medio del tráfico.
El semáforo en rojo es la señal para que levante su sombrero en modo de saludo. Algunos conductores se abstraen mirándolo. Su presencia les parece extraña. Los niños siempre más sorprendidos dejan su boca abierta o arrojan un saludo. Es un gigante danzando en el tráfico.
Su peso queda suspendido en una pierna mientras extiende sus brazos serpenteando pañuelos rojos. Sus giros intrépidos dejan sorprendidos a más de uno. Tona lleva años de preparación sobre los zancos de madera, que él mismo fabrica.
Algunos automovilistas increpan al pasar a su lado que debería ponerse a trabajar de verdad. Otros lo felicitan y lo saludan con familiaridad. Pero también le han tocado momentos rudos, como en una ocasión en la que un hombre en estado de ebriedad se le lanzó a los golpes cuando se encontraba sobre los zancos.
Tonatiuh Jiménez toca música africana junto al conocido grupo Folikanuya y en el Senekela. También toca sones jarochos y otras veces trabaja para la Secretaría de Cultura de Michoacán (Secum), cuando anima eventos junto a otros compañeros artistas, participando en presentaciones musicales o danzando sobre los zancos.
La paga no es buena en Secum, pues oscila los 700 pesos por evento y el pago no es inmediato, ya que hay que esperar algunos meses.
El semáforo, en cambio, es otro medio de romper la monotonía de la ciudad, es una resistencia a la pulcritud o refinamiento en que la expresión artística suele sustraerse y es una alternativa para poder seguir trabajando proyectos artísticos que un trabajo común no le permitiría.
Estar en el semáforo busca habituar al espacio público a una expresividad sin márgenes, pero también ayuda a pagar algunas cuentas, como las clases de taekwondo de la hija de Tonatiuh y la supervivencia en el día a día.
Al mediodía, Tona se sienta sobre su bicicleta encadenada a un poste y retira las vendas que sujetan sus piernas a los zancos, dobla su ropa, calza unos tenis viejos y abandona el semáforo. La ilusión del gigante que danza entre los autos se disuelve con el tráfico.







