La Iglesia Católica aseguró que antes de las últimas elecciones orquestó una campaña mediática contra el Partido Revolucionario Institucional tras la aprobación de las bodas gay en México. Lo dice así, tan campante.

Según los jerarcas del catolicismo, su labor ayudó directamente a los candidatos más afines al catolicismo, a los panistas.

Los datos avalan. El PAN ganó en siete estados: Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Puebla, Quintana Roo, Tamaulipas y Veracruz. De ellos, en seis arrebató la gubernatura al tricolor.

Fuera de la simpatía o rechazo que provoque cualquier partido político, resulta serio que la Iglesia se arrogue la virtud de influir de tal manera en los destinos del país. Y resulta serio no porque sea la Iglesia, que como cualquier grupo de interés privado puede decir lo que se le antoje; resulta serio por el contenido de sus argumentos.

Ya en una columna anterior dábamos cuenta de los disparates que decía el Consejo Episcopal Mexicano en la revista Desde la Fe del domingo 29 de junio. Básicamente culpaba al diablo Asmodeo de todos los males de México. La Iglesia, fiel a sí misma, resolvía los temas de salud pública mediante evanescencias.

Esta vez, por suerte, la Iglesia no citó amigos imaginarios. Pero el absurdo es similar.

El arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, aseguró que “las decisiones de Peña Nieto responden a imposiciones del extranjero, como parte de una agenda internacional para acabar con la moral”. Agregó que hay “un extravío de los poderes en México, que atentan contra lo que pensó el Señor”.

Otra Joya. Según integrantes del CEM, antes de las elecciones “los sacerdotes pidieron a su feligresía que razonaran el voto y que tomaran en cuenta lo negativo de las bodas gay. Los niños no son mascotas”.

Precisiones.

Para quien no lo sepa, se trata del mismo Sandoval Íñiguez que, en entrevista con EFE apenas esta misma semana, reconoció que hasta 2001 la casa Alberione, ubicada en Tlaquepaque, fue un hogar de acogida hasta donde llegaron decenas de sacerdotes que en realidad eran pederastas. En otras palabras: que hasta 2001, por método, la Iglesia encubrió a delincuentes.

También dice la Iglesia los niños no son mascotas. Pero a juzgar por las confesiones de Sandoval Íñiguez, al parecer sí son sujetos pasivos que pueden ser abusados sexualmente y con impunidad.

Cuesta abordar tal cantidad de desvaríos; las dos muestras anteriores son elocuentes y no citamos más por respeto a los ojos del lector.

A la hora del balance, dos afirmaciones.

Primero, sería una lástima que la Iglesia Católica creyera de verdad que en México regresamos a los tiempos en donde seres imaginarios dictaban lo que era correcto e incorrecto para el ser humano. Por la salud mental del país, ojalá eso no ocurra.

Segundo. Tras los escándalos de pedofilia, la iglesia ha perdido una cuota importante de su poder; sin embargo, quizá deba perder más para dejar de dar lecciones de moral mientras encubre a delincuentes.

Sandoval Íñiguez llama a los mexicanos a reflexionar sobre sus extravíos; ojalá Sandoval Íñiguez y varios adalides del catolicismo en México reflexionen sobre su propio extravío.

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