Ya con los resultados preliminares oficiales del Instituto Nacional Electoral (INE) en la mano, se puede abundar sobre las conclusiones y verdades que arrojó la jornada electoral del domingo.

Primero, crece el descontento, el hartazgo, y se impuso en la mayor parte del país, el voto anti-PRI; segundo, quien mejor capitaliza ese rechazo al tricolor, es el PAN; tercero, Morena, como ya había quedado demostrado en los comicios del año pasado, no tiene presencia electoral en la mayoría de los estados del país, y cuarto, el PRD, hoy por hoy, no tiene alternativas para encarar, solo, los procesos electorales locales de 2017 y mucho menos la presidencial de 2018.

En el caso del PRI, si bien las encuestas que se publicaron antes del domingo 5 de junio lo ubicaban como un partido altamente competitivo en las doce gubernaturas en juego, llegó a la jornada electoral con enormes negativos: el presidente Enrique Peña Nieto en bajísimos niveles de aceptación; rezagos y pendientes en prácticamente todas las áreas de la administración federal; corrupción descarada atribuida a varios de sus gobernadores, y el rechazo cada vez más evidente en los sectores medios de las poblaciones urbanas.

Su llamada ‘reserva electoral’ y su cacareada estructura ya nos les alcanza a los del tricolor. Sus dirigentes podrán alegar -y es cierto- que su piso electoral todavía les significan muchos votos, pero seguro que están conscientes de que el rechazo y el malestar que se han ganado desde que volvieron a la Presidencia de la República les movió ese piso y que el temblor puede tener réplicas desastrosas en los comicios presidenciales del 18.

Perder siete de las 12 gubernaturas que estuvieron en disputa, seguro que no estaba ni en el más pesimista de sus cálculos.

En el colmo de sus males, en el PRI hoy ya no sólo se trata de un obligado cambio de estrategia, como dicen algunos; no, el tiempo ya les vino encima a los priístas que se quedaron atrapados en la disyuntiva: o empiezan a dar resultados en el gobierno o adiós a Los Pinos en 24 meses. Sí, ya no es cuestión de estrategia, de discurso o de planeación y relevos en el partido o en el gobierno. Ahora se trata de dar resultados y tiempo que, parece, es lo que ya no tienen.

Porque ahora perdieron Veracruz, Chihuahua, Tamaulipas, Puebla… Pero hay que hacer notar que también perdieron en la capital del país, y el año pasado fueron arrollados en Nuevo León y en la Zona Metropolitana de Guadalajara. O sea, ¿de qué piso electoral están hablando ya? ¿Del que les da un segundo lugar?

El PRI, pues, acumula derrotas y de seguir la tendencia, no se descarte su derrota en el Estado de México el próximo año. Y si esto ocurre… Adiós Presidencia, adiós.

Mañana: el triunfalismo panista

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